Del mito de “la silla peligrosa” a la leyenda urbana de la aguja escondida y el contagio del SIDA

The Myth of The “Siége Perilous” and The Urban Legend of the Hidden Needle and The Spread of AIDS

Ángel J. Gonzalo Tobajas (investigador independiente)

Artículo recibido: 09-09-2014 | Artículo aceptado: 28-10-2014

ABSTRACT: Although urban legends are considered of modern folklore paradigms, its origins can be traced to different cultures and different times. This article begins with different versions of a rumor that was spread through the internet and warned about possible AIDS infections by hidden needles in movie theater seats; and concludes by showing that this is a common motif in world literature syllabus: the Greek mythology offered us the versions of Theseus and Pirithous trapped in the Hades or the Procrustean bed, and the arthurian literature the “Siége Perilous” of Galaz, for example. Furthermore, folklores as different as the Mayan of Yucatan or the Spanish of the village of Luciana (Ciudad Real) give due consideration to this topic.
RESUMEN: Aunque las leyendas urbanas se consideren paradigmas del folklore moderno, sus orígenes se pueden rastrear en distintas culturas y diferentes épocas. Este artículo comienza presentado diferentes versiones de un rumor que se extendió por internet y que alertaba sobre posibles infecciones de SIDA mediante agujas ocultas en butacas de cines; y termina demostrando que se trata de un motivo común en la literatura universal: “el mito de la silla peligrosa”, del cual la mitología griega ya nos ofrecía la versión de Teseo y Pirítoo (o la de la cama de Procusto, por ejemplo) y la literatura medieval el asiento de Galaz en el ciclo narrativo de Parsifal. Asimismo, folklores tan alejados como el maya de Yucatán y el del pueblo de Luciana (Ciudad Real-España) dan debida cuenta de este tópico.

KEYWORDS: urban legends, internet, AIDS’ folklore, AIDS
PALABRAS CLAVE: leyendas urbanas, internet, folclore del SIDA, SIDA

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1. Introducción

Se puede afirmar que, en la actualidad, ya hemos elegido los nuevos moldes que ofrece la era digital (redes sociales, blogs, WhatsApp, etc.) como soportes cada vez más generales de expresión. Pero ello no implica un distanciamiento significativo de los géneros tradicionales. Es más, algunos subgéneros, como el chiste o la leyenda urbana, se han visto incluso favorecidos por la facilidad e inmediatez que se asocia a la difusión de la cultura a través de la red de redes.

Las leyendas urbanas que circulan hoy en Internet son reflejo de esa complicidad con las nuevas formas y formatos de cifra del conocimiento y de la comunicación que nos ofrece el siglo XXI. Y sin embargo, como subraya José Manuel Pedrosa, estos relatos siguen siendo “ficticios y tradicionales”, y lo nuevo de sus soportes no nos libra de tener que

retraer sus orígenes a tiempos pretéritos. A veces muy pretéritos, como sucede con la leyenda de El conductor de la mujer fantasma […] cuyos antecedentes remontan, como mínimo a la China de la dinastía Jin (siglos III al V). También la emblemática y conocidísima leyenda de La autoestopista fantasma […] puede ser puesta en relación con viejos relatos clásicos (de la misma Ilíada y Odisea homéricas, por ejemplo) o bien con hagiografías medievales o barrocas acerca de dioses, vírgenes y santos. […] Otro tanto podría decirse de la leyenda de Verónica, la mujer fantasma que se aparece por la noche en los espejos, y puede ser también relacionada con narraciones muy viejas, que remontan al mundo clásico, o con obras literarias de autores tan prestigiosos como Rubén Darío (autor de un inquietante cuento de misterio que lleva precisamente el nombre de Verónica). Viejísimos antecedentes se les pueden encontrar también a los relatos acerca de la güija espiritista, que fue de uso común en civilizaciones extinguidas hace milenios. Ahí están también las leyendas acerca de Los ladrones de órganos, que entroncan con viejísimos mitos de vampirismo o, con lo que Julio Caro Baroja denominaba “crímenes médicos”, supuestamente perpetrados –en el siglo XIX sobre todo– contra niños, jóvenes y mujeres hermosos y rozagantes con el fin de ceder o de vender su sangre o su grasa corporal a enfermos de tuberculosis o de otras dolencias. […] Y tantas otras leyendas, supuestamente modernas o contemporáneas, cuya genealogía, si tuviésemos ahora espacio para irla desentrañando, nos asombraría por lo antiguo, por lo profundo, por lo pluricultural… (Pedrosa, 2004: 13-14)

Es cierto: muchas leyendas urbanas o contemporáneas no dejan de ser actualizaciones de mitos, cuentos y leyendas populares viejos y que, ahora, se adaptan a las nuevas tecnologías, a las nuevas realidades, y también a los nuevos miedos y creencias.

Para no dilatar más esta introducción, baste añadir unas palabras escritas por Francisco Javier Cortázar Rodríguez sobre las leyendas urbanas:

Al diseccionarlas accedemos a las creencias, rituales, ceremonias, costumbres y acciones que las sociedades festejan, censuran, castigan o temen […]. En cierta forma son historias ejemplares que enseñan y educan de forma didáctica, estética, emocional o recreativa sobre las normas sociales de convivencia y nos muestran cómo ha evolucionado la sociedad a través del tiempo, por ejemplo advirtiéndonos de forma metafórica o velada los peligros de las nuevas tecnologías (sobre los peligros de los teléfonos celulares, las sartenes de teflón, los hornos de microondas o Internet), de los riesgos de la vida moderna (robo de órganos, la leyenda del “Bienvenido al mundo del SIDA” o las snuff movies – aquellas películas que pretenden filmar la muerte en directo), del regreso de los animales salvajes a la ciudad (cocodrilos en las alcantarillas, arañas que ponen sus huevos en humanos, racimos de plátanos que alojan serpientes o arañas venenosas) o la presencia de lo sobrenatural y lo fantástico en la modernidad (fantasmas en fotografías, las cadenas de cartas que prometen riqueza y amor con sólo reenviarlas o la presencia de animales fabulosos como el Chupacabras). (Cortázar Rodríguez, 2008: 61)

En este artículo no pretendo trazar una panorámica de las leyendas urbanas en general (de sobra analizadas por especialistas como Brunvand, Dégh, Ortí y Sampere, el Grup de Recerca Folklórica d’Osona, Pedrosa, etc.), ni de sus causas y motivaciones, sino que me centraré en un miedo en concreto que ha sido muchas veces avivado por ciertos relatos orales de índole muy sensacionalista: el de la posibilidad de contagio de enfermedades o de virus como el del SIDA, por causa de agujas infestadas.

Tal y como ya he adelantado, aunque se trate de relatos que hoy son intensamente transmitidos a través de redes sociales, blogs o aplicaciones de mensajería multiplataforma como WhatsApp, su contenido es mucho más tradicional de lo que a priori podríamos imaginar. Y pese a que se pueda pensar que los rumores vinculados a miedos como el de contraer el VIH desaparecerán cuando ya esa enfermedad esté eficazmente neutralizada, las narraciones paralelas (reales y ficticias) con las que los podemos comparar, si escrutamos en los territorios del mito, la leyenda, el cuento, la literatura escrita, la prensa, la historia, nos demostrarán que las condiciones histórico-sociales, los miedos y los relatos que suscitan son capaces de mutar de forma que parece prácticamente sincronizada.

De las formas habituales de contagio que se suelen atribuir al SIDA en muchas leyendas urbanas que difunden las redes sociales (relaciones sexuales sin protección, contacto con objetos infectados, ingestión de alimentos contaminados), aquellas en que nos vamos a centrar ahora son las que se asocian a jeringas, agujas y asientos peligrosos que pueden suscitar el contagio.

2. La aguja escondida y el contagio del SIDA

La versión que suscitó mi interés por analizar relatos relacionados con el folclore del SIDA llegó hasta mí, como “evento” a través de la red social Tuenti en 2008. Un “evento” es una opción de la red social Tuenti que permite informar de fiestas o eventos próximos; no obstante, también se usa para compartir videos, proponer retos, o para publicar cualquier contenido que quiera ser compartido. El mensaje que lo contenía intentaba advertir a los receptores (millones de personas, según revelan los recuadros de la derecha de la imagen: “van”, “quizás van” y “no contestaron”) del peligro que supondría sentarse sin revisar bien las butacas de los cines:

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Imagen 1: La leyenda del asiento, la aguja y el SIDA en la red social Tuenti (“evento” de 2008)

Esta narración resulta que es un avatar de un tipo viejísimo de mito-leyenda-cuento que habla de sillas y de camas funestas, y que se remonta a épocas muy antiguas y a culturas variadísimas que detallaremos más adelante. Ello nos permitirá corroborar la percepción de que estos repertorios narrativos no dejan de ser encrucijadas de discursos plurales y de alcances mucho mayores que los que se puede suponer cuando se hace una primera y somera aproximación.

Evidentemente, esta versión no es la única, ni la primera, y ni siquiera surgió en cines españoles. Se trata de un rumor que lleva años difundiéndose por todo el mundo, y que el profesor de la Universidad de Guadalajara (México) Francisco Cortázar Rodríguez, entre otros, ya glosó en un interesante artículo de 2008 acerca de las leyendas urbanas y de su conexión con la violencia en las ciudades:

Esto pasó en Guadalajara. Un incidente ocurrió cuando una amiga de un trabajador de Femsa, fue al cine y se sentó en una silla, ella sintió que algo la estaba pinchando. Cuando se levantó para ver de qué se trataba vio que se trataba de una aguja acompañada de una nota que decía: “Bienvenida al mundo real, ya eres VIH Positivo”. El Centro de Control de Enfermedades reporta numerosos casos similares en muchas otras ciudades. Todas las agujas encontradas SON positivas de VIH.
También en los teléfonos públicos consumidores de drogas están poniendo agujas usadas en el orificio donde recibes el cambio para que las personas, al buscar el cambio o ver si alguien a dejado algo, sean infectadas con HEPATITITIS B, SIDA Y OTRAS ENFERMEDADES.
La forma mas segura de hacerlo NO ES PALPANDO CON SU MANO para ver si siente la aguja, al menos mueva el asiento varias veces para ver si hay algo.
FIJESE MUY BIEN.
Igualmente les pedimos que pasen este mensaje a todos los miembros de su familia y a sus conocidos. La información mencionada es confirmada por el departamento de policía. Hay que reenviar esta información al mayor número de personas posible. ES MUY IMPORTANTE!!!!!!!!!! Este mensaje es un servicio social, coopere con su distribución y CUIDENSE.
Gracias!!!!!!!!!! (Cortázar Rodríguez, 2008: 66-67)

La relación entre ambas ramas de narraciones es evidente: mencionan que le ocurrió a una amiga de un trabajador de FEMSA (Fomento Económico Mexicano, una de las empresas más grandes de México), utilizan una tipografía similar con los avisos más importantes en mayúsculas, y, aunque sea solo por casualidad, quien me envía el “evento” de Tuenti en 2008 es guadalajareño, pero de la Guadalajara de España, mi antiguo alumno Alfredo G. G.

Como se puede suponer, este rumor ya circulaba por la red antes de 2008; en 2004 aparece ya en foros españoles (como el de la ACB que reproduzco a continuación), o el de Univisión, publicado por un guatemalteco:

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Imagen 2: Versión de 2004, publicada en el foro de la liga de baloncesto española (ACB) <http://foros.acb.com/viewtopic.php?f=3&t=48784>

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Imagen 3: Mensaje publicado en 2004 en el foro de Univisión <http://foro.univision.com/t5/Eduardo-Palomo/CUIDADO-PELIGRO-REVISEN-SUS-SILLAS-CUANDO-VAYAN-A-CINES-Y/td-p/20595599>

No obstante, y aunque en 2010 todavía siguen incluyéndola en blogs como el titulado “Teorías conspiratorias”, una de las primeras versiones de la leyenda del asiento contagioso que circuló por Internet fue la de un e-mail en inglés que, a finales del siglo XX, mencionaba como foco del contagio un cine de la India (Bombay’s Metro Cinema). Conviene señalar, en cualquier caso, que ya Ortí y Sampere, dos especialistas precursores en el estudio de las leyendas urbanas, afirmaban que “el folklore moderno encuadra a este género dentro de las teorías conspirativas” (Ortí y Sampere, 2000: 73). Hemos de entender, por teorías conspirativas, el repertorio narrativo que habla de amenazas no pequeñas ni particulares, sino de relatos que avisan de peligros de mayor calado, que involucran de algún modo a comunidades grandes (la de los pobladores de una ciudad, por ejemplo) o a alguna institución importante.

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Imagen 4: Versión publicada en 2010 en el blog “Teorías conspiratorias” <http://teoriasconspiratorias.com/tag/agujas-infectadas>

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Imagen 5: Una de las primeras versiones de esta leyenda, recogida en el blog de David Emery: <http://urbanlegends.about.com/od/crime/a/world_of_aids.htm>

También fue detectado (y desenmascarado como falso) este mismo rumor de 1998 en Snope.com, <http://www.snopes.com/horrors/madmen/pinprick.asp>; página en la que se fue acompañado por otros ejemplos similares; dos de ellos fueron sucesos presuntamente acaecidos en Montreal y en Melbourne, en 2001 y 2002 respectivamente:

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Imagen 6: Ejemplos de la leyenda de la aguja escondida y el contagio del SIDA recogidos en la web <http://www.snopes.com/horrors/madmen/pinprick.asp>

Los lugares, ciudades o países en los que supuestamente se producen estos inquietantes “pinchazos” se hallan diseminados por todos los continentes. Ya en 2004, Diane Goldstein atestiguaba la sorprendente expansión geográfica de nuestra leyenda, en su monográfico sobre el folklore del SIDA: Once Upon a Virus: AIDS Legends and Vernacular Risk Perception. Afirma Golstein que la difusión más sorprendente fue la de aquellos relatos que hablaban del contagio de personas que se sentaron inocentemente en erizadas butacas de cine, relatos documentados en 1999 en Canadá, Estados Unidos, Alemania, Finlandia, Inglaterra, Escocia, Australia, India, Hawái, México y Costa Rica (Goldstein, 2004: 143). Asimismo, Timothy Corrigan Correll, en un artículo exhaustivo, subraya que rumores y leyendas como los que aquí nos ocupan están extensamente documentados desde finales de la década de 1980, y que han circulado, por vías muy plurales, por América, Europa, Australia, India y “más allá” (Corrigan Correll, 2008: 62).

Cortázar Rodríguez en su blog “Diario de un reductor de cabezas”, <http://reductordecabezas.blogspot.com.es/2007/03/sobre-las-agujas-infectadas-de-vihsida.html>, ya en nuestro idioma, añade:

En el caso de las agujas infectadas de SIDA hay muchos ejemplos pues esa leyenda ha sido constatada, casi sin variantes importantes, en Nueva York, París, Toronto, Montreal, Berlín, Madrid, Buenos Aires, Monterrey, la Ciudad de México y, por supuesto, Guadalajara. Por otra parte, las leyendas urbanas suelen reactivarse y reactualizarse a lo largo de los años, de forma que la leyenda de las agujas infectadas de SIDA/VIH circula al menos desde la aparición de esta enfermedad.

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Imagen 7: Versión de la leyenda que, en este caso, asegura aconteció en París en 2006 <http://ciudadanodelmundo.espacioblog.com/post/2006/06/10/leyenda-urbana-ajeringas-con-h-i-v-los-asientos-del-cine->

En España también se han registrado diversas narraciones con objetos contaminantes malignamente sembrados en butacas del cine y hasta en cabinas telefónicas:

Me llegó vía e-mail. Era uno de esos mensajes que se mandan de 30 en 30, a todos los conocidos que tienes. (…) El texto decía que fuéramos con cuidado con los teléfonos públicos y los cines. Decía que había historias que contaban que en el cine un chico se sentó cuando todo ya estaba a oscuras y en la butaca había una aguja infectada de sida y se la clavó. Lo mismo con las cabinas telefónicas: al ir a recoger el cambio (al levantar la «solapa»), había una aguja también infectada y se la clavó en la mano. A mí me envió la historia un amigo mío y sé que a él se la envió otro amigo suyo (Ortí y Sampere, 2000: 260)

He aquí otro relato “oral” acerca del peligro que acechaba, en esta ocasión, desde unas barandillas del metro:

Hace muchos años, cuando era la época de los drogadictos, decían que los drogadictos ponían las jeringuillas infectadas, se supone que de SIDA, en las barandillas del metro. Sí, en la goma negra de las escaleras mecánicas. Y que, cuando ponías la mano, te pinchabas. (Pedrosa, 2004: 224)

Hay otros relatos, registrados todos ellos en el mencionado libro de Ortí y Sampere, que denuncian agujas escondidas en la playa valenciana de La Malvarrosa; algunas asustan afirmando que ha habido víctimas por culpa de mordiscos contagiosos; y no ha faltado la que afirma que un empleado de un conocidísimo restaurante de comida rápida contamina adrede a los clientes mezclando sus fluidos corporales en los alimentos:

A decir verdad, en Valencia parece existir un extraño síndrome relacionado con las agujas adictivas. De aquí procede, por ejemplo, la leyenda de que algunas cabinas telefónicas esconden en el receptáculo que devuelve las monedas agujas de jeringuillas infectadas de sida -cuando vas a recoger el cambio, te contagias. Incluso, algunos sostienen que el diario Las Provincias publicó alguna vez ─extremo que no hemos podido confirmar─ que en la playa de La Malvarrosa se encontraron jeringuillas enterradas en la arena con la punta hacia arriba. (Ortí y Sampere, 2000: 73)

De agresiones más directas eran objeto los protagonistas de otros relatos que coexistían con el anterior en la fantasía colectiva. En algunos de ellos, la víctima recibía el mordisco de un borracho que luego declaraba tener el sida, o bien terminaba hecha un acerico a manos de una pandilla de desalmados provistos de jeringuillas repletas de sangre contaminada. La inseguridad ciudadana, pesadilla de todo buen contribuyente, se veía empeorada por el peligro de toparse con un nuevo tipo de vampiro, cuya mordedura, como la del personaje tradicional, era capaz de transmitirle a uno su condición. (Ortí y Sampere, 2000: 260)

El periódico Daily Star, en su edición del 3 de septiembre de 1986, recogía por ejemplo una noticia apócrifa según la cual un joven empleado de un Burger King, al enterarse de que tenía el sida, había eyaculado en la mayonesa para contagiar a los parroquianos. En una variante que recopiló en 1989 la folklorista norteamericana Janet Langlois, se empleaba la sangre como fluido infeccioso, pero en ambos relatos el motivo no era otro que la venganza. De este modo, el enfermo de sida pasaba de la fase de homicida en potencia a la de asesino que actuaba hostigado por el resentimiento, como parecía sospechar la facción sana de la sociedad que vivía obsesionada por el fantasma del contagio. (Ortí y Sampere, 2000: 259)

A estas variantes españolas, Cortázar Rodríguez agrega otra mexicana que vuelve a recuperar las agujas como motivo del contagio, y que incorpora a nuestra leyenda urbana una más: la posibilidad de una “conspiración” contra los conocidos restaurantes de comida rápida:

En algunas áreas infantiles de los restaurantes McDonald’s se han presentado casos de niños que al estar jugando entre las pelotas se pinchan con agujas que gente desconocida ha metido ahí. Incluso, en algunos casos, se sugiere la complicidad de la compañía en esta actitud criminal pues se niega a admitirlo públicamente para no perder clientes”. (Cortázar Rodríguez, 2008: 68)

A estas versiones que no circulan concretamente por Internet, sino que han sido registradas y estudiadas por folcloristas diversos, podría añadir cualquier persona que escrutase en Internet muchísimas más:

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Imagen 8: Versiones del blog “Stories of horror of Abraham” (1-05-2012) <http://punofabraham.blogspot.com.es/2012/05/bienvenido-al-mundo-del-sida.html>

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Imagen 9: Versiones del sitio web Leyendas-Urbanas.com <http://www.leyendas-urbanas.com/agujas-ocultas-con-sida/>

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Imagen 10: Versión gráfica de funnyjunk.com <http://www.funnyjunk.com/funny_pictures/4098519/So+thirsty/>

3. Algo más sobre los orígenes y paralelos

Brunvand, al hilo de la leyenda de Mary SIDA, advertía que su raíz “se puede rastrear en historias muy anteriores sobre la transmisión deliberada de enfermedades venéreas, combinadas con la historia reciente y el folklore que rodea el origen de la epidemia de sida” (Brunvand, 2002, vol. I: 180). Y la norteamericana Susan Sontag comentaba en La enfermedad y sus metáforas que:

Las enfermedades infecciosas con tacha sexual siempre inspiran miedo al contagio fácil y provocan curiosas fantasías de transmisión por vías no venéreas en lugares públicos. En las primeras décadas del siglo XX, una de las primeras consecuencias del “descubrimiento” del “contagio inocente” de la sífilis fue que, en los barcos de la marina norteamericana, se quitaran los picaportes de todas las puertas y se instalaran puertas de vaivén, y también que en todos los Estados Unidos se eliminaran los vasos de metal encadenados a los surtidores públicos. Otro vestigio de los cuentos “de horror” sobre la sífilis, cuyos gérmenes, según se creía firmemente entonces y se cree aún, pueden pasar de los sucios a los inocentes, es la recomendación hecha a generaciones de niños de clase media de que interpongan una hoja de papel entre su trasero desnudo y el asiento de los inodoros públicos. Toda enfermedad epidémica temida, pero especialmente las que se asocian con la licencia sexual, genera una distinción preocupante entre los portadores putativos de la enfermedad (que por lo general significa sencillamente los pobres y, en estas latitudes, personas de piel oscura) y los que se definen como “la población general”, según pautas dadas por los profesionales de la salud y demás burócratas. Las mismas fobias y miedos de contagio ha resucitado el sida entre quienes, con respecto a esta enfermedad, caen bajo la definición de “la población general”: heterosexuales blancos que no se inyectan drogas ni tienen relaciones sexuales con quienes sí lo hacen. Como con la sífilis, enfermedad de, o contagiada por, un peligroso “otro”, se piensa en el sida como una enfermedad que afecta, en muchísima mayor proporción que la sífilis, a los ya estigmatizados. (Sontag, 1996: 55)

También Ortí y Sampere desvelaban la relación de las leyendas que hablan del contagio del SIDA con relatos que venían de vetas tradicionales anteriores:

En pleno apogeo de las enfermedades venéreas, era creencia común que la sífilis o la gonorrea podían contraerse a través de los poros, sentándose en un váter “contaminado”, tocando barandillas, utilizando toallas ajenas, besando a personas infectadas, en baños públicos o piscinas, teniendo relaciones sexuales con mujeres que menstruaban, acariciando a perros infectados. “Causas de contagio” que la vox populi recuperó del olvido y adaptó inmediatamente al sida, proveyendo a esta enfermedad de un cortejo de rumores que sembraban angustia y recelos a su paso.
Al mismo tiempo, y a falta de teorías convincentes, el folklore tomó el relevo y se ocupó de improvisar unas cuantas para llenar este vacío. Fue así como empezaron a divulgarse explicaciones peregrinas que atribuían la aparición del sida a turbios experimentos llevados a cabo por organizaciones no menos turbias. Paul Smith enumera algunas de las “hipótesis” más cacareadas: se trataría de un virus creado como arma bacteriológica que terminó descontrolándose y escapando a la atmósfera. Lo mezclaron con el flúor del agua potable. Lo creó la CIA. Lo crearon los rusos. Lo crearon en los laboratorios de Hitler. Lo propagó la población de determinados países: Haití, África, etc. (Ortí y Sampere, 2000: 258)

Los ya mencionados Diane Goldstein y Timothy Corrigan Correll, también se han afanado en demostrar que estas historias no surgen espontáneamente, sino que reciclan tópicos narrativos de larga andadura anterior. Entre las referencias más notables de sus estudios, ambos citan a Barry Baldwin, el primero en ofrecer un paralelo realmente venerable, que debemos al cronista y senador romano Dion Casio, quien en su Historia de Roma (libro 57, cap. II) ya menciona agujas envenenadas utilizadas para asesinar en la época del emperador Domiciano (81-96 d.C.), el propio senador y cronista ya añadía: “no solo ocurrió en Roma sino en prácticamente todo el mundo” (Goldstein, 2004: 147; también lo cita Corrigan Correll, 2008: 63-64).

A ese lejano precedente antiguo, Corrigan Correll por una parte, y Goldstein por la otra, añaden más eslabones, como las denuncias de prácticas de brujerías por medio de agujas que ya registraba Reginald Scot’s en el siglo XVI (Corrigan Correll, 2008: 64); o la leyenda anglosajona que recuperó Michael Goss (1987) sobre un asaltante misterioso que allá por 1780 pinchaba por la espalda a las mujeres de Halifax (Inglaterra); este tipo de relatos conoció periódicas resurrecciones hasta el día de hoy, Goldstein se fija en especial en un caso que estuvo protagonizado por un desequilibrado en 1938 en la misma ciudad de Halifax (Goldstein, 2004: 147).

Cines, teatros, vestuarios de tiendas o centros comerciales en los que se ocultaban agujas o jeringas traicioneras han sido identificados como lugares en que tenebrosos secuestradores inyectaban drogas a jóvenes antes de raptarlas y de prostituirlas (Goldstein, 2004: 147-148; Corrigan Correll, 2008: 64). Una variante particularmente inquietante es la de los estudiantes de medicina que pretenden experimentar con los cuerpos de personas vivas y, para ello, previamente inyectaban algún tipo de narcótico a sus víctimas (Corrigan Correll, 2008: 64); obviamente, estos relatos se relacionan también con las leyendas urbanas sobre ladrones de órganos en las que al despertar la víctima se encuentra en una bañera llena de hielo con alguna costura en su cuerpo que es síntoma de la extracción de, por ejemplo, un riñón.

En tales modalidades de relatos, remarca Corrigan Correll, la línea entre realidad y ficción es muy sutil e inestable, pues no son pocos los titulares de periódicos que se hacen eco y dan como ciertos estos relatos (Corrigan Correll, 2004: 64-65). Por su parte, Goldstein nos remite a Elliot, quien añade algunas noticias análogas que fueron publicadas por la prensa internacional o documentadas en juzgados, como por ejemplo la noticia publicada en Los Angeles Times en junio de 1996 de un robo perpetrado con una aguja infectada por el VIH u otro robo similar del que informó en febrero del mismo año el Miami Herald; asimismo, advierte Goldstein, son numerosos los sumarios recogidos en juzgados en los que se mencionan casos de amenazas con agujas portadoras del SIDA y añade como significativo que tanto en veintiocho estados de Estados Unidos, como en Australia, Canadá o Gran Bretaña, por ejemplo, se hayan promulgado leyes que condenen el contagio deliberado, por cualquier medio, del VIH (Goldstein, 2004: 148).

Nuestra prospección podría ir, ciertamente, mucho más allá, porque, en el territorio de los relatos folclóricos y de los relatos literarios que beben de fuentes folclóricas nunca está dicha la última palabra ni señalado el último paralelo. Y el caso es que nuestra leyenda no es más que una versión remozada de un tipo de relato que se ha manifestado, en tiempos y culturas muy distintos, como mito, como cuento, como leyenda. Puesto que la silla, el trono o la cama fatídicos que matan, hieren o aprisionan a quienes se sientan o se acuestan en ellos hunden sus raíces en repertorios narrativos que parecen no tener fin.

El mito de la silla peligrosa es detectable ya, en efecto, en la mitología griega. Recuérdese el relato en que Teseo y su amigo Pirítoo bajaron al infierno para raptar a Perséfone. Hades, el marido de ella, les tendió una trampa y les invitó a sentarse en unas sillas de las que ya no pudieron levantarse, porque se quedaron pegados a ellas, inmovilizados. Transcurrió mucho tiempo hasta que pasó por allí Hércules y pudo sacar a duras penas a Teseo de aquella silla-trampa, aunque a Pirítoo no logró liberarlo, y se quedó para siempre allí.

El mito de la silla peligrosa se relaciona con el de la cama fatídica, que tiene también viejas raíces mitológicas, y asociadas además a Teseo. Recuérdese el mito de Procusto, un bandido que asaltaba a los desdichados viajeros que caminaban entre Mégara y Atenas y les daba la opción de acostarse en uno de los dos lechos que tenía: uno largo y otro corto; como sus medidas nunca se ajustaban a ninguno de los dos lechos, o bien mutilaba a los infelices si sobresalían de la cama pequeña, o bien los estiraba horriblemente si se acostaban en la grande. Sus crímenes duraron hasta que Teseo acabó con el infame torturador (Grimal, 1997, s.v. Teseo y s.v. Procusto).

El motivo de la silla peligrosa conoció también algunos pintorescos avatares en el marco de las novelas caballerescas medievales. Tiene por ejemplo cierta relevancia en la trama narrativa de La búsqueda del Santo Grial, como refleja el siguiente fragmento:

[…] El anciano lo lleva derecho al Asiento Peligroso, ante el que está sentado Lanzarote; levanta el velo de seda que habían puesto antes, encontrándose con las letras que dicen: éste es el asiento de Galaz. El buen hombre mira las letras, ve que están recién escritas, al menos así lo parece, y reconoce el nombre; entonces, se dirige al joven y le dice en voz tan alta que todos los demás lo oyen:
—Señor caballero, sentaos aquí, pues este lugar es vuestro.
Éste se sienta sin dudar y dice al buen hombre:
—Señor, ahora os podéis ir, pues ya habéis cumplido lo que se os ordenó.
[…] Cuando los de la sala vieron al caballero sentado en el lugar que tantos hombres destacados habían temido y en el que habían sucedido tan grandes aventuras, no hay ninguno que no se maraville sobremanera, pues lo ven tan joven que no saben de dónde ha podido llegarle tal gracia, a no ser de la voluntad de Nuestro Señor. Comienza la gran fiesta, todos honran al caballero porque piensan que será el que termine con las maravillas del Santo Grial y bien lo conocen por la prueba del Asiento, en el que nunca se sentó nadie que no recibiera alguna calamidad. Le sirven y le honran tanto como pueden, como si lo tuvieran por maestro y señor, sobre todos los de la Mesa Redonda. Y Lanzarote, que lo contempla con agrado por las maravillas que en él ve, se da cuenta que es el que ha nombrado caballero ese mismo día y recibe una gran alegría. Le honra lo más que puede, le habla de muchas cosas, y les pide que les cuente algo de sí mismo. Y aquél, que también lo ha reconocido, no se atreve a negárselo, contestándole a lo que le pregunta. Boores, que está más contento que los otros y que se ha dado cuenta de que se trata de Galaz, el hijo de Lanzarote, el que debe llevar a la cumbre de las aventuras, habla a Lionel, su hermano, y le dice:
—Buen hermano, ¿sabéis quién es el caballero que está sentado en el Asiento Peligroso?
—No estoy seguro —dice Lionel—, tan sólo sé que es el que hoy ha sido hecho caballero, que Lanzarote lo ha nombrado caballero con su mano; que es del que hemos hablado vos y yo durante todo el día y que Lanzarote lo engendró en la hija del Rico Rey Pescador.
—Verdaderamente lo sabíais —le dice Boores—; y que es nuestro primo hermano. Debemos estar muy contentos, pues no cabe la menor duda de que llegará más allá que ningún caballero de los que yo he conocido: ya tiene buen principio.
Así hablan de Galaz los dos hermanos, igual que todos los demás. La noticia corre por la corte de tal forma que llega a la reina, que estaba comiendo en su cámara, pues un criado le dice:
—Señora, están sucediendo cosas maravillosas.
—¿Cómo? —pregunta—. Contádmelas.
Por mi fe, señora, ha llegado a la corte un caballero que ha concluido con la aventura del Asiento Peligroso y es tan joven que todo el mundo se pregunta de dónde le ha podido venir esa gracia.
—¿De verdad? —le dice la dama—. ¿Puede ser esto cierto?
—Sí, y así lo debéis saber.
—Por el nombre de Dios —añade la reina—, ha tenido suerte, pues esa aventura no pudo acabarla ningún hombre que no muriera o resultara dañado antes de que la hubiera finalizado […]
—Buen amigo —dice la reina al criado—, así te ayude Dios, dime cómo es.
—Señora —le responde—, así me ayude Dios, es uno de los más hermosos caballeros del mundo; pero es muy joven, se parece a Lanzarote y a los familiares del rey Ban de tal manera que todos dicen que es descendiente de ellos.
Entonces la reina siente aún mayores deseos de verlo, por lo que ha oído contar de la semejanza, piensa que se trata de Galaz, que fue engendrado por Lanzarote en la hija del Rico Rey Pescador, tal como el mismo Lanzarote le había contado ya en muchas ocasiones y le había explicado de qué forma fue seducido; y éste era el principal motivo por el que ella estaba enfadada con él, pues la culpa había sido suya.
Cuando terminaron de comer el rey y los compañeros de la Mesa Redonda, se levantaron de sus asientos. El mismo rey se acercó al Asiento Peligroso, levantó el velo de seda y encontró el nombre de Galaz, que tanto deseaba saber. Se lo muestra a mi señor Galván y dice:
—Buen sobrino, ahora tenemos a Galaz, el bueno y perfecto caballero, a quien tanto yo como los caballeros de la Mesa Redonda teníamos grandes deseos de conocer. Pensemos ahora en honrarle y servirle mientras esté con nosotros, pues no permanecerá aquí mucho tiempo, lo sé bien porque, según creo, empezará pronto la gran búsqueda del Grial. Lanzarote así nos lo ha hecho entender y no habría dicho nada si no hubiera sabido algo.
—Señor, —dice Galván— vos y yo debemos servirle como el enviado de Dios que ha de liberar a nuestro país de las grandes maravillas y de las extrañas aventuras que tan a menudo y durante tanto tiempo le están ocurriendo.
Entonces se acercó el rey a Galaz y le dijo:
—Señor, sed bienvenidos: muchos hemos deseado conoceros; ahora os tenemos aquí, gracias a Dios y a vos, que os dignasteis venir.
—Señor —responde—, yo he venido aquí porque así debía hacerlo, pues de aquí deben ponerse en movimiento todos los que serán compañeros en la búsqueda del Santo Grial, que comenzará en breve.
—Señor —dice el rey—, necesitábamos mucho que vinierais por numerosos motivos, por terminar con las grandes maravillas de la tierra y por llevar a cabo una aventura que hoy nos ha sucedido y que los demás no han logrado concluir. Bien sé que vos lo realizaréis, igual que acabaréis los hechos en los que los demás han fracasado. […]
—Señor, ved aquí la aventura de la que os he hablado. Al intentar sacar esta espada del escalón, han fracasado hoy los caballeros más valiosos de la corte, que no pudieron sacarla. […]
Entonces, coge la espada y la saca del escalón con tal facilidad como si no estuviera sujeta […] (La búsqueda del Santo Grial, 1986: 21-25).

Asomémonos ahora a este episodio de un cuento tradicional de los mayas del Yucatán, quienes lo transmiten en su lengua maya. El cuento y la peripecia son muy extensos, pero el fragmento que reproduzco es más que significativo:

Estaba caminando cuando de repente salió por un camino ancho y dijo:
—¿No será éste el camino que va a mi casa?
Continuó caminando. No se había alejado mucho cuando vio una piedra labrada y se sentó a descansar. Ya se sintió descansado y dijo:
—Veré hasta dónde llega este camino.
Al intentar levantarse no pudo, estaba pegado en la piedra. El camino por donde iba era el pueblo de gente mala; a todas las personas que entraban a ese pueblo, se las comían. Por eso tenían esa piedra en el camino, para que ahí se quedaran adheridos los caminantes. Diariamente iban a ver si había alguien atrapado para llevárselo y comérselo.
El pobre Chapitín ahí quedó pegado, diciendo:
—Soy jaguar, soy tigre, soy gavilán.
Pero no se convertía y ahí continuaba pegado. Entonces comenzó a llorar (Andrade y Máas Collí, 1990: 155-157).

Al final, el héroe maya del cuento yucateco se despega a martillazos del asiento fatídico. Pero otros humanos de paso se seguirán quedando atrapados sobre el mismo asiento, en garantía de perpetuación del viejo mito.

Un último relato que no quiero obviar, aunque altere de manera radical el tono trágico al que nos habíamos atenido hasta ahora, es un cuento satírico tradicional en España, que nos presenta el motivo del asiento fatídico en clave cómica. La versión que presento es fue registrada por el gran folclorista Julio Camarena Laucirica en el pueblo de Luciana (Ciudad Real) en noviembre de 1980:

Otro era que su marido también llegó; el marido era zapatero. Y el marido ya se daba cuenta de algo, porque iba un sobrino del cura por la calle, zumbando, así, con una piedra:
─Zumba que zumba,
y siempre zumbando,
ha dicho mi tío
que la está esperando.
─Pero ¿y esto?
Conque se fue; en cuanto iba el chico, se iba. Y le puso a la mujer una piedra (de esas que tienen los zapateros, muy gorda, para machacar la suela, que le llaman de batir); la puso muy caliente. Y ella iba muy apresurada y se sentó en la piedra, que tenía esa costumbre; se sienta en la piedra y se quemó.
Conque, a otro día, va otra vez el chico:
─Zumba que zumba
y siempre zumbando
ha dicho mi tío
que la está esperando.
Y está el zapatero machacando…
─Dile a tu tío
que no puede ir,
que se ha quemao el culo
con la piedra de batir. (Camarena, 2012: núm. 272)

Bibliografía

Andrade, Manuel J. e Hilaria Máas Collí (1990). Cuentos mayas yucatecos: U tsikbalilo’ob Mayab (Uuchben Tsikbalo’ob). Mérida, Yucatán: Universidad Autónoma de Yucatán, México.

Brunvand, Jan Harold (2002). El fabuloso libro de las leyendas urbanas. Demasiado bueno para ser cierto. Trad. M. Berastegui. Barcelona: Alba.

Camarena Laucirica, Julio (2012). Cuentos tradicionales recopilados en la provincia de Ciudad Real (II). Eds. José Manuel Pedrosa, Mercedes Ramírez Soto y Félix Toledano Soto. Ciudad Real: Instituto de Estudios Manchegos-Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Corrigan Correll, Timothy (2008). “‘You know about needle boy, right?’ Variation in rumor and legends about attacks with HIV-infected needles”. Western Folklore 67 (1): pp. 59-100.

Cortázar Rodríguez, Francisco Javier (2008). “Esperando a los bárbaros. Imaginarios sobre la violencia urbana a través del rumor y la leyenda urbana”. Nueva Época 9: pp. 59-93.

Goldstein, Diane (2004). Once upon a virus: AIDS legends and vernacular risk perception. Logan Utah: Utah University Press.

Grimal, Pierre (reed. 1997). Diccionario de mitología griega y romana. Trad. Francisco Payarols. Barcelona: Paidós.

La búsqueda del Santo Grial (1986). Trad. Carlos Alvar. Madrid: Alianza.

Ortí, Antonio y Josep Sampere (2000). Leyendas urbanas en España. Barcelona: Círculo de Lectores.

Pedrosa, José Manuel (2004). La autoestopista fantasma y otras leyendas urbanas españolas. Madrid: Páginas de Espuma.

Sontag, Susan (1996). La enfermedad y sus metáforas y El Sida y sus metáforas. Trad. Mario Muchnik. Madrid: Taurus.

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