Reseña: La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa

José Martínez Rubio (Universitat de València)

Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo Alfaguara. 2012. 232 págs. 17,50 €.

La Cultura ha sido profanada por las nuevas formas masivas de comunicación en red, desprestigiada por el auge del consumo y de lo efímero de los nuevos productos culturales, que conducen irremediablemente a la vacuidad, y desmantelada programáticamente por treinta años de teoría cultural que ha contribuido a la alienación del sujeto y a la pérdida del aura salvífica de la Cultura que en otro tiempo conservaba, con la misma exclusividad como merecimiento para quien supiera extasiarse ante ella, la Cultura. Como se ha visto, pongo Cultura con mayúsculas, y debiera además entrecomillar la frase anterior (profusa en subordinadas, no por casualidad) o emplear la cursiva para destacar unas ideas que no son mías, pero que aletean sobre la primera lectura (necesariamente superficial) de La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), el último ensayo de Mario Vargas Llosa.

Sorprende comprobar que precisamente La civilización del espectáculo no haya levantado un verdadero debate en profundidad (a nivel intelectual, estético y político) sobre el estado de la cultura en los mismos términos en los que el Nobel peruano se expresa. Las reacciones, ciertamente, han sido numerosas, desbordadas en reseñas, en artículos, en comentarios y en apostillas que han servido (exacto) de promoción más que de contribución crítica a un debate que (insisto) tiene un alcance mayor de lo que el mundo cultural ha pretendido o ha fingido entender. Lo cual me parece una paradoja o, si se me permite, una desconsideración hacia los planteamientos estructurales del autor. Es más, la gran mayoría de textos que han revoloteado sobre el pensamiento de Vargas Llosa han acabado simplificando toda su reflexión hasta el error de presentar una dialéctica que se articula exclusivamente en torno a las nuevas tecnologías frente a la tradición, o más ridículo todavía (como en efecto ha sucedido), en torno al libro electrónico frente al libro de papel.

Han sido muchas las adhesiones (melancólicas, nostálgicas, elegantes…) que Vargas Llosa ha recibido públicamente, pertrechadas por el prestigio y el reconocimiento de toda una carrera literaria. No han dudado Víctor García de la Concha, César Antonio Molina, Jordi Llovet, Vicente Molina Foix o Juan Cruz (en “Un manifiesto moral”, de su blog en El País llamado Mira que te lo tengo dicho, 26 de abril de 2012), por poner ejemplos concretos, en sumarse a la corriente regresiva y falsamente garantista de una cultura brillante (y sin posibilidad de contestación) y en respaldar las tesis proféticas (hay quien diría necrófilas) de La civilización del espectáculo.

Han sido menos las voces de autoridad que han mostrado cierta disensión y no menos malestar por la proclama del (magnífico) Nobel. Jordi Gracia (“Los espejismos del Apocalipsis”, El País, 6 de junio de 2012) ha tenido el talento y la mesura de encauzar el debate intelectual hacia postulados ilustrados y humanísticos (derivando con ello el pensamiento optimista, razonable y razonado de su “panfleto” El intelectual melancólico, Anagrama, 2011) hasta rebatir, con las mismas armas de la razón, la idea de la decadencia cultural de occidente y negociar un pacto intelectual (de no agresión) con la premisa básica de que el despliegue tecnológico no arrinconará nunca el (buen) pensamiento y la (gran) cultura, y con una llamada a la tranquilidad de no ver amenazante el desarrollo virtual y de las fórmulas de entretenimiento masivo (televisión, música, videojuegos, internet, etc.), sino una “adaptación antropológicamente inteligente” de la Cultura.

Más contundente y menos negociable ha sido la posición de Jorge Volpi (en “El último de los mohicanos”, en El País, 27 de abril de 2012), donde pregunta y responde “¿De qué se lamenta Vargas Llosa? De todo. Del estado actual de la cultura y la política, de la religión e incluso del sexo. Según él, todas estas vertientes de lo humano han sido pervertidas por la gangrena de la frivolidad”. Y, como acaba sentenciando el mexicano, el autor de La civilización del espectáculo se lamenta en realidad del final de una aristocracia estética más que de un estado cultural arrumbado: “Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él”.

Insisto en que han sido pocos los que han salido a comprobar y a contrarrestar el alcance de lo que, en mi opinión, es una bomba cultural que Mario Vargas Llosa lanza en su último ensayo, que no es precisamente una elegía por cierto paraíso estético perdido (como la gran mayoría de reseñistas han reseñado, con mayor o menor alcance, con mayor o menor finura…), sino más bien una llamada al orden atávico que la Modernidad comenzó a redefinir: el control del poder cultural junto a la libertad del individuo crítico y creador, frente a la democratización o extensión de la cultura junto a la masificación o la banalización del arte.

Comienza el peruano relatando la crónica de la resemantización del concepto de “cultura”, a partir de tres autores de segunda mitad de siglo XX. Junto a T. S. Eliot (Notes Towards the Definition of Culture, 1948), Vargas Llosa argumenta la necesidad de proteger la “alta cultura” de las veleidades del consumo y de la vida moderna; una alta cultura definida en términos de exclusividad y exquisitez, transmitida y heredada a través de la familia, la religión y la educación (por este riguroso orden), garante de la belleza a la que aspira el ser humano, con lo que ello implica en relación al resto de “cultura”:

La ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la ‘alta cultura’, pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial. (15)

Acierta George Steiner (Bluebeard’s Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture, 1971), en opinión de Vargas Llosa, al relacionar la “cultura” con el entorno político-social, es decir, ampliando esa visión cerrada o intraliteraria del New Criticism de Eliot hacia una sociología del arte que, entre otras cosas, acusa a la cultura europea a través de sus instituciones académicas de haber auspiciado (o al menos permitido) el horror de la Segunda Guerra Mundial. Casi nadie rebate ya los postulados de Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, pero a partir de ella, Steiner y Vargas Llosa conceptualizan la “poscultura” o la “contracultura” o la “cultura posmoderna” como el camino equivocado que no suple la variante trágica de la cultura de la Modernidad.

Comparte con Guy Debord (La Société du Spectacle, 1967) diagnóstico del estado cultural (y casi título del ensayo): el consumo de un capitalismo avanzado “aliena”, en términos marxistas (se permiten), al sujeto contemporáneo, lo introduce en los mecanismos del mercado como pieza, en tanto que mano de obra, pero también como término final de la cadena de producción. Para luchar contra esa cosificación del individuo, contra esa pérdida de espiritualidad y de identidad y, en consecuencia, para la reactivación de la conciencia colectiva frente al poder, Debord apuesta por una acción directamente revolucionaria. Vargas Llosa, en cambio, se limita a afirmar que “sus tesis y las de este libro están en las antípodas” (26) y, como se verá, las tesis de La civilización del espectáculo apuestan por la regeneración de la “alta cultura” por parte de una comunidad reducida de prestigiosos pensadores a quien cuidar, proteger y agradecer en nombre de toda la sociedad.

Frente a esta anarquía imaginada a que aboca el Posmodernismo y su relativismo estético y ético, podría haber aprendido Vargas Llosa de los distintos ensayos que, desde el mismo pensamiento neoliberal, ha ido presentando Gilles Lipovetsky, a quien nombra a continuación junto a Jean Serroy (La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, 2008). Ni mucho menos Lipovetsky abomina de la despersonalización del individuo (al menos no en los mismos términos que Vargas Llosa o que incluso Guy Debord) en La era del vacío, El crepúsculo del deber, Los tiempos hipermodernos o El imperio de lo efímero, sino que constata en efecto la pérdida de autoridad de las instituciones disciplinarias tradicionales con respecto al sujeto y su sustitución por lo socialmente aceptado, la moda, la imagen, la superficialidad, etc. Pero si, digamos, el diagnóstico es compartido por Debord, Vargas Llosa y Lipovetsky, las reacciones son radicalmente distintas.

No obstante, el Nobel peruano califica de “fascinante y aterrador” (29) el ensayo Cultura Mainstream (2010) de Frédéric Marte, donde se analiza la extensión de la cultura hacia la clase baja, en términos de consumo y de entretenimiento, que Vargas Llosa tacha automáticamente de no-cultura:

El autor ve con simpatía esta mutación, porque gracias a ella la cultura mainstream, o cultura del gran público, ha arrebatado la vida cultural a la pequeña minoría que antes la monopolizaba, la ha democratizado, poniéndola al alcance de todos, y porque los contenidos de esta nueva cultura le parecen en perfecta sintonía con la modernidad, los grandes inventos científicos y tecnológicos de la vida contemporánea. (30)

Igualar a Shakira con Thomas Mann es, para Mario Vargas Llosa (sin atender siquiera criterios semióticos) la gran perversión de nuestro tiempo. El problema estriba en la sensación, impresión o imaginación de quien cree efectivamente que se han igualado Shakira y Thomas Mann, o peor, que uno de los dos no merece la atención del mundo cultural bien entendido.

Esta introducción, adobada de teóricos y teorías, en que se intenta definir el concepto de “cultura” da paso a seis capítulos que encierran un estilo más directo y menos glosado, con uno o dos textos conclusivos que el escritor publicara anteriormente en prensa.

En el capítulo 1, “La civilización del espectáculo”, ya sin los corsés de una teoría tan explícita, Mario Vargas Llosa sentencia:

¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. (33)

Y traza una correlación directa entre democratización de la cultura y banalización del arte, con vistas explícitas al retorno del antiguo estado:

Se trata de un fenómeno que nació de una voluntad altruista: la cultura no podía seguir siendo patrimonio de una élite. [...] Esta loable filosofía ha tenido el indeseado efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número. La cantidad a expensas de la calidad. (35)

La democratización de la cultura estuvo bien como proyecto, no como realización. De la educación no sostiene lo mismo, porque lo considera cosa de técnicos, no de verdaderos trabajadores de la cultura, y alaba la práctica extirpación del analfabetismo en las sociedades más avanzadas.

El espectáculo y el entretenimiento ha lastrado el cine, la literatura y la música hasta deturpar su antigua calidad, en opinión del autor. Solo los departamentos de investigación y los críticos especializados resisten frente a la degeneración de la cultura; ellos, unos pocos especialistas, saben lo que es bueno, o es mejor, pero se ven obligados a encerrarse en un mundo lamentablemente hermético y a denostar el otro resto del mundo, lamentablemente masivo. Y no aciertan a sentenciar que esta cultura del espectáculo adormece y propaga “la autocomplacencia y la autosatisfacción” (37), exactamente como un producto más del mundo mercantilizado a que hemos llegado. A partir de aquí, desfilan programas de televisión, estrellas de cine o bandas de rock (o reputados cineastas como Woody Allen) como agentes de perversión de la verdadera cultura y de la inocente juventud: “En la fiesta y el concierto multitudinarios los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de ese modo intenso y elemental que es el olvido de sí mismos”. (39)

Como respuesta a estas palabras que rozan la homilía (como género), podemos pensar que Bach o Mozart pueden ser tan evasivos para el sujeto como Paulina Rubio o el Real Madrid (si se me permite el símil), con lo que debemos descartar que, en realidad, las intenciones del autor sean las de vindicar unas formas culturales concretas (la llamada “alta cultura”, que ni Peter Burke ni Néstor García Canclini pueden definir sin apenas problemas, dada su exigencia intelectual y su minuciosidad en el análisis), y debemos empezar a pensar que, en realidad, las intenciones del autor son las de vindicar una fuerza concreta que ve amenazada su hegemonía dentro de las relaciones de poder cultural. Eso exactamente es lo que intenta frenar La civilización del espectáculo.

En connivencia con los medios masivos, el intelectual ha desaparecido de la vida pública, o ha perdido su antigua capacidad crítica y de autoridad, recordando como siempre el J’accuse de Émile Zola. En cambio, ha pasado a ser una pieza más de consumo y entretenimiento, dedicado a la autopromoción y al amarillismo, cosa que ha afectado indudablemente al mundo periodístico, donde la información y las noticias de actualidad han desplazado a los análisis, a los reportajes y a la investigación honesta. Y en pintura, igual:

La desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en este ámbito la confusión reine y reinará por mucho tiempo, pues ya no es posible discernir con cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más que un fuego fatuo. (49)

Con total impunidad y con una prosa ligera Vargas Llosa salta de tema en tema para ilustrar una idea general: la pérdida de la seriedad y la profundidad en todas las disciplinas culturales, artísticas o de pensamiento y el triunfo de la levedad (aunque no cite a Milan Kundera) y la frivolidad.

En el capítulo II, “Breve discurso sobre la cultura”, insiste en las mismas ideas presentadas en la introducción y el capítulo anterior, pero comienza a señalar culpables de la “banalización” del arte, como parte de la sociedad, recurriendo a binomios tópicos como la distinción entre “precio” y “valor”, recurrentes cuando no se sabe explicar más exactamente un estado de cosas. Bajtin, por ejemplo, es culpable:

Bajtin y sus seguidores (conscientes o inconscientes) hicieron algo más radical: abolieron las fronteras entre cultura e incultura y dieron a lo inculto una dignidad relevante, asegurando que lo que podía haber en este discriminado ámbito de impericia, chabacanería y dejadez estaba compensado por su vitalidad, humorismo y la manera desenfadada y auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas. (68)

Sin complejos, Mario Vargas Llosa se desliza hacia el insulto. A Baudrillard lo califica de charlatán, y evita saludarlo (según cuenta él mismo en el propio ensayo) en una conferencia donde el filósofo francés desarrollaba sus ideas acerca de los simulacros que se confunden con la realidad original. Como lo real se confunde, el peruano desiste de materializar su encuentro, cuenta el propio escritor. Aunque mucho más agresivo (e injusto) se mostrará el Nobel en el capítulo III, “Prohibido prohibir”, donde levanta el acta de defunción de mayo del 68, de sus pensadores más destacados, de las corrientes libertarias que desencadenó (y que ayudaron a reforzar y a perpetuar, según él, el rígido sistema de clases que combatían) y toda la corriente académica de los Estudios Culturales.

Los filósofos libertarios como Michel Foucault y sus inconscientes discípulos obraron muy acertadamente para que, gracias a la gran revolución educativa que propiciaron, los pobres siguieran pobres, los ricos ricos y los inveterados dueños del poder siempre con el látigo en las manos.
No es arbitrario citar el caso paradójico de Michel Foucault. Sus intenciones críticas eran serias y su ideal libertario innegable. Su repulsa de la cultura occidental -la que, con todas sus limitaciones y extravíos, ha hecho progresar más la libertad, la democracia y los derechos humanos en la historia- lo indujo a creer que era más factible encontrar la emancipación moral y política apedreando policías, frecuentando los baños gays de San Francisco o los clubes sadomasoquistas de París, que en las aulas escolares o las ánforas electorales. Y en su paranoica denuncia de las estratagemas de que, según él, se valía el poder para someter a la opinión pública a sus dictados, negó hasta el final la realidad del sida -la enfermedad que lo mató- como un embauque más del establishment y sus agentes científicos para aterrar a los ciudadanos imponiéndoles la represión sexual. (86-87)

Resulta intelectualmente falaz y éticamente mediocre desautorizar toda una corriente de pensamiento tan próspera y tan fecunda durante las últimas décadas en Occidente, por muy en desacuerdo que uno esté (completamente legítimo), empleando el cinismo con que Mario Vargas Llosa despacha la impagable labor de Michel Foucault.

Es aquí donde se advierte que no es una mera confrontación de ideas lo que se propone el ensayista con La civilización del espectáculo. No es simplemente una contribución al debate sobre la radiografía del mundo cultural de nuestro siglo XXI. No es con toda legitimidad la defensa o la crítica de unos postulados culturales. En mi opinión, Vargas Llosa revisa la historia cultural de los últimos cincuenta años en términos revanchistas para intentar dar cuenta de un cambio de paradigma cultural, de una reestructuración del sistema como estamos asistiendo en estos momentos, que no solo afecta al arte (con todas sus disciplinas), sino también a ámbitos ciudadanos como la educación, la economía o la carta de derechos y obligaciones de un individuo. En un contexto de crisis sistémica, La civilización del espectáculo contribuye a apuntalar una de las fuerzas en pugna de esa reestructuración del paradigma, un modelo global de sociedad cercana al neoliberalismo (que por otra parte nunca ha escondido su autor), por lo que asombra la poca profundidad de las lecturas que en prensa o en la academia se han hecho de esta bomba cultural, como he calificado yo mismo a este ensayo.

De otro modo no hay forma de explicar que en el capítulo V, “Cultura, política y poder”, Vargas Llosa señale el “amarillismo” como el cáncer del periodismo, el chismorreo y la banalidad como contrarias al pensamiento elaborado… y tras todo este preámbulo, lo ejemplifique con los casos a nivel internacional que Wikileaks ha destapado en los últimos años. Nadie en el periodismo de investigación ha llegado nunca tan lejos, y sin embargo, el intelectual peruano censura este gesto de alumbramiento que, dice, atenta contra la democracia:

El avance de la tecnología audiovisual y los medios de comunicación, que sirven para contrarrestar los sistemas de censura y control en las sociedades autoritarias, debería haber perfeccionado la democracia e incentivado la participación en la vida pública, pero ha tenido más bien el efecto contrario. [...] Al exponer a la luz pública, como ha hecho el Wikileaks de Julian Assange, en sus pequeñeces y miserias, las interioridades de la vida política y diplomática, el periodismo ha contribuido a despojar de respetabilidad y seriedad un quehacer que, en el pasado, conservaba cierta aura mítica, de espacio fecundo para el heroísmo civil y las empresas audaces en favor de los derechos humanos, la justicia social, el progreso y la libertad. (134)

No estoy seguro de caer en la demagogia si señalo que, para Vargas Llosa, la libertad de prensa o lo higiénico de la transparencia informativa y política está muy por debajo del aura mítica o del imaginario literario de la diplomacia internacional. No estoy seguro de continuar en la demagogia si constato que las empresas en favor de los derechos humanos, según el autor, han de ser audaces y heroicas y, por lo tanto, para que se den, para que sean posibles, el mundo ha de ser oscuro y perverso. Me arriesgo a continuar en la demagogia si señalo una contradicción: la libertad del individuo, del creador artístico y del mercado no se ve refrendada por la libertad mediática y política en relación con la información.

Quiero insistir en la idea de que La civilización del espectáculo no es solo un ensayo cultural, sino toda una toma de posición global en un momento de cambio de paradigma en Occidente. De hecho, los capítulos IV, “La desaparición del erotismo”, y VI, “El opio del pueblo”, abordan dos temas que en teoría debieran ser cada vez menos espinosos: la sexualidad y la religión. No obstante, no solo se niega la importancia de los avances en cuestiones de libertad sexual, con respecto a la mujer o a los homosexuales, por ejemplo, sino que esa misma liberación actúa como factor de represión subjetiva, desnaturalización y desvirtuación del erotismo, que ha acabado convirtiéndose, como un ejemplo más de la rueda de consumo, en mera pornografía. Incluso los programas de educación sexual llevados a cabo por gobiernos progresistas en España son motivo de burla por parte del ensayista:

Seis décadas después ¡clases de paja en las escuelas! Eso es el progreso, señores. ¿Lo es, de veras? La curiosidad me acribilla el cerebro de preguntas. ¿Pondrán notas? ¿Tomarán exámenes? ¿Los talleres serán teóricos o también prácticos? ¿Qué proezas tendrán que realizar los alumnos para sacar la nota de excelencia y qué fiascos para ser desaprobados? ¿Dependerá de la cantidad de conocimientos que su memoria retenga o de la velocidad, cantidad y consistencia de los orgasmos que produzca la destreza táctil de chicos y chicas? No son bromas. Si se tiene la audacia de abrir talleres para iluminar a la puericia en las técnicas de masturbación, estas preguntas son pertinentes. (106)

La única pregunta honesta, desde mi punto de vista, es la primera, la que se pregunta sobre la naturaleza del progreso. El resto del párrafo, un alarde de cinismo impropio que impide ciertamente la dialéctica y la confrontación de ideas.

La libertad sexual se ha confundido con la pornografía y ha acabado esclavizando al hombre y a la mujer, en definitiva. De la misma manera, la libertad religiosa ha acabado eliminando la espiritualidad del sujeto, que debe vivir siempre en la esfera de lo privado, pero sobre todo ha chocado con la libertad de quien niega la existencia de Dios; en la esfera de lo público, el laicismo debe garantizar valores universales por encima de cualquier dogma religioso. Esta es la base de toda democracia, ciertamente, y Mario Vargas Llosa, al igual que muchos intelectuales tanto de derechas como de izquierdas, en nombre de la libertad demandan la prohibición del burka o del yihab del espacio público:

Ese es el contexto en el que hay que situar siempre el debate sobre el velo, el burka y el yihab. Así se entendería mejor la decisión de Francia –justa y democrática en mi opinión- de prohibir de manera categórica el uso del velo o cualquier otra forma de uniforme religioso para las niñas en las escuelas públicas. (187)

El ensayo cierra con una “Reflexión final” recapitulando los diferentes asuntos tratados en él. Ciertamente, por la prolijidad de temas (artes, religión, periodismo, sexualidad, economía, etc.) es una obra ambiciosa. Ciertamente, por esta misma razón, y por todo lo expuesto anteriormente, no nos encontramos ante un tratado cultural, ante una radiografía (aunque partidista) del estado de la cultura actual. Más bien, estamos ante una obra orgánica (si se quiere, aún sin órgano definido), con una ideología integral que sirve para proyectar un modelo cultural y social concreto en tiempos de inestabilidad sistémica.

De este modo quise comenzar este breve estudio, resaltando la sorpresa de que La civilización del espectáculo haya acaparado más elogios y comentarios superficiales que debates en profundidad, dada la controversia que pueden generar sus planteamientos, y dado el tono hiriente y revanchista (a todas luces injusto) en ocasiones con que juzga a los actores intelectuales que han configurado el entorno desde el que debatimos en estos momentos sobre lo que somos, pero sobre todo sobre lo que debemos ser a partir de ahora.

Bibliografía

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Lipovetsky, Gilles (1992). El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama.

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Lipovetsky, Gilles y Sébastien Charles (2004). Los tiempos hipermodernos. Barcelona: Anagrama, 2006.

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Marte, Frédéric (2010). Cultura Mainstream. Madrid: Taurus Pensamiento.

Steiner, George (1971). Bluebeard’s Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture. Londres: Faber.

Volpi, Jorge (2012, 27 abril). “El último de los mohicanos”. El País. <http://elpais.com/elpais/2012/04/18/opinion/1334759323_081415.html> (3-11-2012).

Zola, Émile (1898). Yo Acuso. La verdad en marcha. Barcelona: Tusquets, 1998.

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