Rese√Īa: La civilizaci√≥n del espect√°culo, de Mario Vargas Llosa

José Martínez Rubio (Universitat de València)

Vargas Llosa, Mario. La civilizaci√≥n del espect√°culo Alfaguara. 2012. 232 p√°gs. 17,50 ‚ā¨.

La Cultura ha sido profanada por las nuevas formas masivas de comunicaci√≥n en red, desprestigiada por el auge del consumo y de lo ef√≠mero de los nuevos productos culturales, que conducen irremediablemente a la vacuidad, y desmantelada program√°ticamente por treinta a√Īos de teor√≠a cultural que ha contribuido a la alienaci√≥n del sujeto y a la p√©rdida del aura salv√≠fica de la Cultura que en otro tiempo conservaba, con la misma exclusividad como merecimiento para quien supiera extasiarse ante ella, la Cultura. Como se ha visto, pongo Cultura con may√ļsculas, y debiera adem√°s entrecomillar la frase anterior (profusa en subordinadas, no por casualidad) o emplear la cursiva para destacar unas ideas que no son m√≠as, pero que aletean sobre la primera lectura (necesariamente superficial) de La civilizaci√≥n del espect√°culo (Alfaguara, 2012), el √ļltimo ensayo de Mario Vargas Llosa.

Sorprende comprobar que precisamente La civilizaci√≥n del espect√°culo no haya levantado un verdadero debate en profundidad (a nivel intelectual, est√©tico y pol√≠tico) sobre el estado de la cultura en los mismos t√©rminos en los que el Nobel peruano se expresa. Las reacciones, ciertamente, han sido numerosas, desbordadas en rese√Īas, en art√≠culos, en comentarios y en apostillas que han servido (exacto) de promoci√≥n m√°s que de contribuci√≥n cr√≠tica a un debate que (insisto) tiene un alcance mayor de lo que el mundo cultural ha pretendido o ha fingido entender. Lo cual me parece una paradoja o, si se me permite, una desconsideraci√≥n hacia los planteamientos estructurales del autor. Es m√°s, la gran mayor√≠a de textos que han revoloteado sobre el pensamiento de Vargas Llosa han acabado simplificando toda su reflexi√≥n hasta el error de presentar una dial√©ctica que se articula exclusivamente en torno a las nuevas tecnolog√≠as frente a la tradici√≥n, o m√°s rid√≠culo todav√≠a (como en efecto ha sucedido), en torno al libro electr√≥nico frente al libro de papel.

Han sido muchas las adhesiones (melanc√≥licas, nost√°lgicas, elegantes…) que Vargas Llosa ha recibido p√ļblicamente, pertrechadas por el prestigio y el reconocimiento de toda una carrera literaria. No han dudado V√≠ctor Garc√≠a de la Concha, C√©sar Antonio Molina, Jordi Llovet, Vicente Molina Foix o Juan Cruz (en ‚ÄúUn manifiesto moral‚ÄĚ, de su blog en El Pa√≠s llamado Mira que te lo tengo dicho, 26 de abril de 2012), por poner ejemplos concretos, en sumarse a la corriente regresiva y falsamente garantista de una cultura brillante (y sin posibilidad de contestaci√≥n) y en respaldar las tesis prof√©ticas (hay quien dir√≠a necr√≥filas) de La civilizaci√≥n del espect√°culo.

Han sido menos las voces de autoridad que han mostrado cierta disensi√≥n y no menos malestar por la proclama del (magn√≠fico) Nobel. Jordi Gracia (‚ÄúLos espejismos del Apocalipsis‚ÄĚ, El Pa√≠s, 6 de junio de 2012) ha tenido el talento y la mesura de encauzar el debate intelectual hacia postulados ilustrados y human√≠sticos (derivando con ello el pensamiento optimista, razonable y razonado de su ‚Äúpanfleto‚ÄĚ El intelectual melanc√≥lico, Anagrama, 2011) hasta rebatir, con las mismas armas de la raz√≥n, la idea de la decadencia cultural de occidente y negociar un pacto intelectual (de no agresi√≥n) con la premisa b√°sica de que el despliegue tecnol√≥gico no arrinconar√° nunca el (buen) pensamiento y la (gran) cultura, y con una llamada a la tranquilidad de no ver amenazante el desarrollo virtual y de las f√≥rmulas de entretenimiento masivo (televisi√≥n, m√ļsica, videojuegos, internet, etc.), sino una ‚Äúadaptaci√≥n antropol√≥gicamente inteligente‚ÄĚ de la Cultura.

M√°s contundente y menos negociable ha sido la posici√≥n de Jorge Volpi (en ‚ÄúEl √ļltimo de los mohicanos‚ÄĚ, en El Pa√≠s, 27 de abril de 2012), donde pregunta y responde ‚Äú¬ŅDe qu√© se lamenta Vargas Llosa? De todo. Del estado actual de la cultura y la pol√≠tica, de la religi√≥n e incluso del sexo. Seg√ļn √©l, todas estas vertientes de lo humano han sido pervertidas por la gangrena de la frivolidad‚ÄĚ. Y, como acaba sentenciando el mexicano, el autor de La civilizaci√≥n del espect√°culo se lamenta en realidad del final de una aristocracia est√©tica m√°s que de un estado cultural arrumbado: ‚ÄúVargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como √©l‚ÄĚ.

Insisto en que han sido pocos los que han salido a comprobar y a contrarrestar el alcance de lo que, en mi opini√≥n, es una bomba cultural que Mario Vargas Llosa lanza en su √ļltimo ensayo, que no es precisamente una eleg√≠a por cierto para√≠so est√©tico perdido (como la gran mayor√≠a de rese√Īistas han rese√Īado, con mayor o menor alcance, con mayor o menor finura…), sino m√°s bien una llamada al orden at√°vico que la Modernidad comenz√≥ a redefinir: el control del poder cultural junto a la libertad del individuo cr√≠tico y creador, frente a la democratizaci√≥n o extensi√≥n de la cultura junto a la masificaci√≥n o la banalizaci√≥n del arte.

Comienza el peruano relatando la cr√≥nica de la resemantizaci√≥n del concepto de ‚Äúcultura‚ÄĚ, a partir de tres autores de segunda mitad de siglo XX. Junto a T. S. Eliot (Notes Towards the Definition of Culture, 1948), Vargas Llosa argumenta la necesidad de proteger la ‚Äúalta cultura‚ÄĚ de las veleidades del consumo y de la vida moderna; una alta cultura definida en t√©rminos de exclusividad y exquisitez, transmitida y heredada a trav√©s de la familia, la religi√≥n y la educaci√≥n (por este riguroso orden), garante de la belleza a la que aspira el ser humano, con lo que ello implica en relaci√≥n al resto de ‚Äúcultura‚ÄĚ:

La ingenua idea de que, a trav√©s de la educaci√≥n, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, est√° destruyendo la ‚Äėalta cultura‚Äô, pues la √ļnica manera de conseguir esa democratizaci√≥n universal de la cultura es empobreci√©ndola, volvi√©ndola cada d√≠a m√°s superficial. (15)

Acierta George Steiner (Bluebeard‚Äôs Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture, 1971), en opini√≥n de Vargas Llosa, al relacionar la ‚Äúcultura‚ÄĚ con el entorno pol√≠tico-social, es decir, ampliando esa visi√≥n cerrada o intraliteraria del New Criticism de Eliot hacia una sociolog√≠a del arte que, entre otras cosas, acusa a la cultura europea a trav√©s de sus instituciones acad√©micas de haber auspiciado (o al menos permitido) el horror de la Segunda Guerra Mundial. Casi nadie rebate ya los postulados de Adorno y Horkheimer en Dial√©ctica de la Ilustraci√≥n, pero a partir de ella, Steiner y Vargas Llosa conceptualizan la ‚Äúposcultura‚ÄĚ o la ‚Äúcontracultura‚ÄĚ o la ‚Äúcultura posmoderna‚ÄĚ como el camino equivocado que no suple la variante tr√°gica de la cultura de la Modernidad.

Comparte con Guy Debord (La Soci√©t√© du Spectacle, 1967) diagn√≥stico del estado cultural (y casi t√≠tulo del ensayo): el consumo de un capitalismo avanzado ‚Äúaliena‚ÄĚ, en t√©rminos marxistas (se permiten), al sujeto contempor√°neo, lo introduce en los mecanismos del mercado como pieza, en tanto que mano de obra, pero tambi√©n como t√©rmino final de la cadena de producci√≥n. Para luchar contra esa cosificaci√≥n del individuo, contra esa p√©rdida de espiritualidad y de identidad y, en consecuencia, para la reactivaci√≥n de la conciencia colectiva frente al poder, Debord apuesta por una acci√≥n directamente revolucionaria. Vargas Llosa, en cambio, se limita a afirmar que ‚Äúsus tesis y las de este libro est√°n en las ant√≠podas‚ÄĚ (26) y, como se ver√°, las tesis de La civilizaci√≥n del espect√°culo apuestan por la regeneraci√≥n de la ‚Äúalta cultura‚ÄĚ por parte de una comunidad reducida de prestigiosos pensadores a quien cuidar, proteger y agradecer en nombre de toda la sociedad.

Frente a esta anarqu√≠a imaginada a que aboca el Posmodernismo y su relativismo est√©tico y √©tico, podr√≠a haber aprendido Vargas Llosa de los distintos ensayos que, desde el mismo pensamiento neoliberal, ha ido presentando Gilles Lipovetsky, a quien nombra a continuaci√≥n junto a Jean Serroy (La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, 2008). Ni mucho menos Lipovetsky abomina de la despersonalizaci√≥n del individuo (al menos no en los mismos t√©rminos que Vargas Llosa o que incluso Guy Debord) en La era del vac√≠o, El crep√ļsculo del deber, Los tiempos hipermodernos o El imperio de lo ef√≠mero, sino que constata en efecto la p√©rdida de autoridad de las instituciones disciplinarias tradicionales con respecto al sujeto y su sustituci√≥n por lo socialmente aceptado, la moda, la imagen, la superficialidad, etc. Pero si, digamos, el diagn√≥stico es compartido por Debord, Vargas Llosa y Lipovetsky, las reacciones son radicalmente distintas.

No obstante, el Nobel peruano califica de ‚Äúfascinante y aterrador‚ÄĚ (29) el ensayo Cultura Mainstream (2010) de Fr√©d√©ric Marte, donde se analiza la extensi√≥n de la cultura hacia la clase baja, en t√©rminos de consumo y de entretenimiento, que Vargas Llosa tacha autom√°ticamente de no-cultura:

El autor ve con simpat√≠a esta mutaci√≥n, porque gracias a ella la cultura mainstream, o cultura del gran p√ļblico, ha arrebatado la vida cultural a la peque√Īa minor√≠a que antes la monopolizaba, la ha democratizado, poni√©ndola al alcance de todos, y porque los contenidos de esta nueva cultura le parecen en perfecta sinton√≠a con la modernidad, los grandes inventos cient√≠ficos y tecnol√≥gicos de la vida contempor√°nea. (30)

Igualar a Shakira con Thomas Mann es, para Mario Vargas Llosa (sin atender siquiera criterios semióticos) la gran perversión de nuestro tiempo. El problema estriba en la sensación, impresión o imaginación de quien cree efectivamente que se han igualado Shakira y Thomas Mann, o peor, que uno de los dos no merece la atención del mundo cultural bien entendido.

Esta introducci√≥n, adobada de te√≥ricos y teor√≠as, en que se intenta definir el concepto de ‚Äúcultura‚ÄĚ da paso a seis cap√≠tulos que encierran un estilo m√°s directo y menos glosado, con uno o dos textos conclusivos que el escritor publicara anteriormente en prensa.

En el cap√≠tulo 1, ‚ÄúLa civilizaci√≥n del espect√°culo‚ÄĚ, ya sin los cors√©s de una teor√≠a tan expl√≠cita, Mario Vargas Llosa sentencia:

¬ŅQu√© quiere decir civilizaci√≥n del espect√°culo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasi√≥n universal. (33)

Y traza una correlación directa entre democratización de la cultura y banalización del arte, con vistas explícitas al retorno del antiguo estado:

Se trata de un fen√≥meno que naci√≥ de una voluntad altruista: la cultura no pod√≠a seguir siendo patrimonio de una √©lite. […] Esta loable filosof√≠a ha tenido el indeseado efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justificaban en raz√≥n del prop√≥sito c√≠vico de llegar al mayor n√ļmero. La cantidad a expensas de la calidad. (35)

La democratización de la cultura estuvo bien como proyecto, no como realización. De la educación no sostiene lo mismo, porque lo considera cosa de técnicos, no de verdaderos trabajadores de la cultura, y alaba la práctica extirpación del analfabetismo en las sociedades más avanzadas.

El espect√°culo y el entretenimiento ha lastrado el cine, la literatura y la m√ļsica hasta deturpar su antigua calidad, en opini√≥n del autor. Solo los departamentos de investigaci√≥n y los cr√≠ticos especializados resisten frente a la degeneraci√≥n de la cultura; ellos, unos pocos especialistas, saben lo que es bueno, o es mejor, pero se ven obligados a encerrarse en un mundo lamentablemente herm√©tico y a denostar el otro resto del mundo, lamentablemente masivo. Y no aciertan a sentenciar que esta cultura del espect√°culo adormece y propaga ‚Äúla autocomplacencia y la autosatisfacci√≥n‚ÄĚ (37), exactamente como un producto m√°s del mundo mercantilizado a que hemos llegado. A partir de aqu√≠, desfilan programas de televisi√≥n, estrellas de cine o bandas de rock (o reputados cineastas como Woody Allen) como agentes de perversi√≥n de la verdadera cultura y de la inocente juventud: ‚ÄúEn la fiesta y el concierto multitudinarios los j√≥venes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de ese modo intenso y elemental que es el olvido de s√≠ mismos‚ÄĚ. (39)

Como respuesta a estas palabras que rozan la homil√≠a (como g√©nero), podemos pensar que Bach o Mozart pueden ser tan evasivos para el sujeto como Paulina Rubio o el Real Madrid (si se me permite el s√≠mil), con lo que debemos descartar que, en realidad, las intenciones del autor sean las de vindicar unas formas culturales concretas (la llamada ‚Äúalta cultura‚ÄĚ, que ni Peter Burke ni N√©stor Garc√≠a Canclini pueden definir sin apenas problemas, dada su exigencia intelectual y su minuciosidad en el an√°lisis), y debemos empezar a pensar que, en realidad, las intenciones del autor son las de vindicar una fuerza concreta que ve amenazada su hegemon√≠a dentro de las relaciones de poder cultural. Eso exactamente es lo que intenta frenar La civilizaci√≥n del espect√°culo.

En connivencia con los medios masivos, el intelectual ha desaparecido de la vida p√ļblica, o ha perdido su antigua capacidad cr√≠tica y de autoridad, recordando como siempre el J‚Äôaccuse de √Čmile Zola. En cambio, ha pasado a ser una pieza m√°s de consumo y entretenimiento, dedicado a la autopromoci√≥n y al amarillismo, cosa que ha afectado indudablemente al mundo period√≠stico, donde la informaci√≥n y las noticias de actualidad han desplazado a los an√°lisis, a los reportajes y a la investigaci√≥n honesta. Y en pintura, igual:

La desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en este ámbito la confusión reine y reinará por mucho tiempo, pues ya no es posible discernir con cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más que un fuego fatuo. (49)

Con total impunidad y con una prosa ligera Vargas Llosa salta de tema en tema para ilustrar una idea general: la pérdida de la seriedad y la profundidad en todas las disciplinas culturales, artísticas o de pensamiento y el triunfo de la levedad (aunque no cite a Milan Kundera) y la frivolidad.

En el cap√≠tulo II, ‚ÄúBreve discurso sobre la cultura‚ÄĚ, insiste en las mismas ideas presentadas en la introducci√≥n y el cap√≠tulo anterior, pero comienza a se√Īalar culpables de la ‚Äúbanalizaci√≥n‚ÄĚ del arte, como parte de la sociedad, recurriendo a binomios t√≥picos como la distinci√≥n entre ‚Äúprecio‚ÄĚ y ‚Äúvalor‚ÄĚ, recurrentes cuando no se sabe explicar m√°s exactamente un estado de cosas. Bajtin, por ejemplo, es culpable:

Bajtin y sus seguidores (conscientes o inconscientes) hicieron algo más radical: abolieron las fronteras entre cultura e incultura y dieron a lo inculto una dignidad relevante, asegurando que lo que podía haber en este discriminado ámbito de impericia, chabacanería y dejadez estaba compensado por su vitalidad, humorismo y la manera desenfadada y auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas. (68)

Sin complejos, Mario Vargas Llosa se desliza hacia el insulto. A Baudrillard lo califica de charlat√°n, y evita saludarlo (seg√ļn cuenta √©l mismo en el propio ensayo) en una conferencia donde el fil√≥sofo franc√©s desarrollaba sus ideas acerca de los simulacros que se confunden con la realidad original. Como lo real se confunde, el peruano desiste de materializar su encuentro, cuenta el propio escritor. Aunque mucho m√°s agresivo (e injusto) se mostrar√° el Nobel en el cap√≠tulo III, ‚ÄúProhibido prohibir‚ÄĚ, donde levanta el acta de defunci√≥n de mayo del 68, de sus pensadores m√°s destacados, de las corrientes libertarias que desencaden√≥ (y que ayudaron a reforzar y a perpetuar, seg√ļn √©l, el r√≠gido sistema de clases que combat√≠an) y toda la corriente acad√©mica de los Estudios Culturales.

Los fil√≥sofos libertarios como Michel Foucault y sus inconscientes disc√≠pulos obraron muy acertadamente para que, gracias a la gran revoluci√≥n educativa que propiciaron, los pobres siguieran pobres, los ricos ricos y los inveterados due√Īos del poder siempre con el l√°tigo en las manos.
No es arbitrario citar el caso parad√≥jico de Michel Foucault. Sus intenciones cr√≠ticas eran serias y su ideal libertario innegable. Su repulsa de la cultura occidental -la que, con todas sus limitaciones y extrav√≠os, ha hecho progresar m√°s la libertad, la democracia y los derechos humanos en la historia- lo indujo a creer que era m√°s factible encontrar la emancipaci√≥n moral y pol√≠tica apedreando polic√≠as, frecuentando los ba√Īos gays de San Francisco o los clubes sadomasoquistas de Par√≠s, que en las aulas escolares o las √°nforas electorales. Y en su paranoica denuncia de las estratagemas de que, seg√ļn √©l, se val√≠a el poder para someter a la opini√≥n p√ļblica a sus dictados, neg√≥ hasta el final la realidad del sida -la enfermedad que lo mat√≥- como un embauque m√°s del establishment y sus agentes cient√≠ficos para aterrar a los ciudadanos imponi√©ndoles la represi√≥n sexual. (86-87)

Resulta intelectualmente falaz y √©ticamente mediocre desautorizar toda una corriente de pensamiento tan pr√≥spera y tan fecunda durante las √ļltimas d√©cadas en Occidente, por muy en desacuerdo que uno est√© (completamente leg√≠timo), empleando el cinismo con que Mario Vargas Llosa despacha la impagable labor de Michel Foucault.

Es aqu√≠ donde se advierte que no es una mera confrontaci√≥n de ideas lo que se propone el ensayista con La civilizaci√≥n del espect√°culo. No es simplemente una contribuci√≥n al debate sobre la radiograf√≠a del mundo cultural de nuestro siglo XXI. No es con toda legitimidad la defensa o la cr√≠tica de unos postulados culturales. En mi opini√≥n, Vargas Llosa revisa la historia cultural de los √ļltimos cincuenta a√Īos en t√©rminos revanchistas para intentar dar cuenta de un cambio de paradigma cultural, de una reestructuraci√≥n del sistema como estamos asistiendo en estos momentos, que no solo afecta al arte (con todas sus disciplinas), sino tambi√©n a √°mbitos ciudadanos como la educaci√≥n, la econom√≠a o la carta de derechos y obligaciones de un individuo. En un contexto de crisis sist√©mica, La civilizaci√≥n del espect√°culo contribuye a apuntalar una de las fuerzas en pugna de esa reestructuraci√≥n del paradigma, un modelo global de sociedad cercana al neoliberalismo (que por otra parte nunca ha escondido su autor), por lo que asombra la poca profundidad de las lecturas que en prensa o en la academia se han hecho de esta bomba cultural, como he calificado yo mismo a este ensayo.

De otro modo no hay forma de explicar que en el cap√≠tulo V, ‚ÄúCultura, pol√≠tica y poder‚ÄĚ, Vargas Llosa se√Īale el ‚Äúamarillismo‚ÄĚ como el c√°ncer del periodismo, el chismorreo y la banalidad como contrarias al pensamiento elaborado… y tras todo este pre√°mbulo, lo ejemplifique con los casos a nivel internacional que Wikileaks ha destapado en los √ļltimos a√Īos. Nadie en el periodismo de investigaci√≥n ha llegado nunca tan lejos, y sin embargo, el intelectual peruano censura este gesto de alumbramiento que, dice, atenta contra la democracia:

El avance de la tecnolog√≠a audiovisual y los medios de comunicaci√≥n, que sirven para contrarrestar los sistemas de censura y control en las sociedades autoritarias, deber√≠a haber perfeccionado la democracia e incentivado la participaci√≥n en la vida p√ļblica, pero ha tenido m√°s bien el efecto contrario. […] Al exponer a la luz p√ļblica, como ha hecho el Wikileaks de Julian Assange, en sus peque√Īeces y miserias, las interioridades de la vida pol√≠tica y diplom√°tica, el periodismo ha contribuido a despojar de respetabilidad y seriedad un quehacer que, en el pasado, conservaba cierta aura m√≠tica, de espacio fecundo para el hero√≠smo civil y las empresas audaces en favor de los derechos humanos, la justicia social, el progreso y la libertad. (134)

No estoy seguro de caer en la demagogia si se√Īalo que, para Vargas Llosa, la libertad de prensa o lo higi√©nico de la transparencia informativa y pol√≠tica est√° muy por debajo del aura m√≠tica o del imaginario literario de la diplomacia internacional. No estoy seguro de continuar en la demagogia si constato que las empresas en favor de los derechos humanos, seg√ļn el autor, han de ser audaces y heroicas y, por lo tanto, para que se den, para que sean posibles, el mundo ha de ser oscuro y perverso. Me arriesgo a continuar en la demagogia si se√Īalo una contradicci√≥n: la libertad del individuo, del creador art√≠stico y del mercado no se ve refrendada por la libertad medi√°tica y pol√≠tica en relaci√≥n con la informaci√≥n.

Quiero insistir en la idea de que La civilizaci√≥n del espect√°culo no es solo un ensayo cultural, sino toda una toma de posici√≥n global en un momento de cambio de paradigma en Occidente. De hecho, los cap√≠tulos IV, ‚ÄúLa desaparici√≥n del erotismo‚ÄĚ, y VI, ‚ÄúEl opio del pueblo‚ÄĚ, abordan dos temas que en teor√≠a debieran ser cada vez menos espinosos: la sexualidad y la religi√≥n. No obstante, no solo se niega la importancia de los avances en cuestiones de libertad sexual, con respecto a la mujer o a los homosexuales, por ejemplo, sino que esa misma liberaci√≥n act√ļa como factor de represi√≥n subjetiva, desnaturalizaci√≥n y desvirtuaci√≥n del erotismo, que ha acabado convirti√©ndose, como un ejemplo m√°s de la rueda de consumo, en mera pornograf√≠a. Incluso los programas de educaci√≥n sexual llevados a cabo por gobiernos progresistas en Espa√Īa son motivo de burla por parte del ensayista:

Seis d√©cadas despu√©s ¬°clases de paja en las escuelas! Eso es el progreso, se√Īores. ¬ŅLo es, de veras? La curiosidad me acribilla el cerebro de preguntas. ¬ŅPondr√°n notas? ¬ŅTomar√°n ex√°menes? ¬ŅLos talleres ser√°n te√≥ricos o tambi√©n pr√°cticos? ¬ŅQu√© proezas tendr√°n que realizar los alumnos para sacar la nota de excelencia y qu√© fiascos para ser desaprobados? ¬ŅDepender√° de la cantidad de conocimientos que su memoria retenga o de la velocidad, cantidad y consistencia de los orgasmos que produzca la destreza t√°ctil de chicos y chicas? No son bromas. Si se tiene la audacia de abrir talleres para iluminar a la puericia en las t√©cnicas de masturbaci√≥n, estas preguntas son pertinentes. (106)

La √ļnica pregunta honesta, desde mi punto de vista, es la primera, la que se pregunta sobre la naturaleza del progreso. El resto del p√°rrafo, un alarde de cinismo impropio que impide ciertamente la dial√©ctica y la confrontaci√≥n de ideas.

La libertad sexual se ha confundido con la pornograf√≠a y ha acabado esclavizando al hombre y a la mujer, en definitiva. De la misma manera, la libertad religiosa ha acabado eliminando la espiritualidad del sujeto, que debe vivir siempre en la esfera de lo privado, pero sobre todo ha chocado con la libertad de quien niega la existencia de Dios; en la esfera de lo p√ļblico, el laicismo debe garantizar valores universales por encima de cualquier dogma religioso. Esta es la base de toda democracia, ciertamente, y Mario Vargas Llosa, al igual que muchos intelectuales tanto de derechas como de izquierdas, en nombre de la libertad demandan la prohibici√≥n del burka o del yihab del espacio p√ļblico:

Ese es el contexto en el que hay que situar siempre el debate sobre el velo, el burka y el yihab. As√≠ se entender√≠a mejor la decisi√≥n de Francia ‚Äďjusta y democr√°tica en mi opini√≥n- de prohibir de manera categ√≥rica el uso del velo o cualquier otra forma de uniforme religioso para las ni√Īas en las escuelas p√ļblicas. (187)

El ensayo cierra con una ‚ÄúReflexi√≥n final‚ÄĚ recapitulando los diferentes asuntos tratados en √©l. Ciertamente, por la prolijidad de temas (artes, religi√≥n, periodismo, sexualidad, econom√≠a, etc.) es una obra ambiciosa. Ciertamente, por esta misma raz√≥n, y por todo lo expuesto anteriormente, no nos encontramos ante un tratado cultural, ante una radiograf√≠a (aunque partidista) del estado de la cultura actual. M√°s bien, estamos ante una obra org√°nica (si se quiere, a√ļn sin √≥rgano definido), con una ideolog√≠a integral que sirve para proyectar un modelo cultural y social concreto en tiempos de inestabilidad sist√©mica.

De este modo quise comenzar este breve estudio, resaltando la sorpresa de que La civilización del espectáculo haya acaparado más elogios y comentarios superficiales que debates en profundidad, dada la controversia que pueden generar sus planteamientos, y dado el tono hiriente y revanchista (a todas luces injusto) en ocasiones con que juzga a los actores intelectuales que han configurado el entorno desde el que debatimos en estos momentos sobre lo que somos, pero sobre todo sobre lo que debemos ser a partir de ahora.

Bibliografía

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Zola, √Čmile (1898). Yo Acuso. La verdad en marcha. Barcelona: Tusquets, 1998.

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