Reseña: Librerías, de Jorge Carrión

Vega Sánchez Aparicio (Universidad de Salamanca)

Carrión, Jorge. Librerías. Anagrama. 2013. 344 pág. 19,90€

Resulta una tarea de enorme responsabilidad elaborar una nueva reseña sobre Librerías de Jorge Carrión. Esta circunstancia no sólo se debe a que haya sido considerado uno de los mejores libros del pasado 2013, ni a que su éxito devenga, por el momento, en una cuarta edición. El desafío, en este sentido, implica también no ceder ante los tópicos señalados por la crítica desde su publicación en septiembre de ese mismo año, que destacan, mayoritariamente, la naturaleza viajera del autor y su relevancia como obra precursora acerca de algunas de las librerías más significativas del planeta. Con el fin de evitar las repeticiones, en las líneas sucesivas nos centraremos en la capacidad de Jorge Carrión como pensador y arqueólogo del presente, consolidada en una larga trayectoria que dispone conexiones entre modelos y prácticas culturales de inferencia decisiva sobre la producción vigente[1].

A diferencia de otras obras especializadas en un aspecto concreto o episodio determinado de la historia de las librerías, Carrión, en sintonía con su corpus anterior, expande el mundo del comercio libresco a una esfera global hiperconectada. Su discurso parte del área local de cada establecimiento, dispuesto como nexo, hacia una galaxia ampliada y, por ende, glocalizada; propiedad que ya señala en los primeros capítulos a propósito de la particular distribución de las librerías de viajes: “como si su lógica fuera necesariamente ir de lo inmediato, de lo local, a lo más lejano: el universo” (42). De ahí que su relato sortee la territorialidad y apueste por una lectura semiótica de la librería desde donde establecer, entre otras, cuestiones como: ¿de qué manera intervienen estos espacios en la construcción histórica de la cultura? ¿Qué papel desempeñan dentro de la sociedad, de la estética o de los hábitos lectores? ¿Pueden constituir ciertas variaciones en el consumo y en la adquisición del conocimiento?

Se deduce, por tanto, un enfoque dual de la obra surgido en el curso de la lectura y nunca instituido por el autor como encasillado taxonómico. En suma, a partir de su exposición es posible trazar dos perspectivas de las librerías en cuanto a su empleo, por un lado, como contenido y, por otro, como concepto.

El primero de los aspectos deriva del reparto en capítulos y, en consecuencia, proporciona la estructura de la obra. Así, la función temática de la librería cohesiona el relato y presenta a Carrión como un experto cronista y rastreador minucioso de estos puntos culturales. En este sentido, se percibe una tendencia a la ‘librofilia’, por parte del autor, que implica no sólo al objeto libro sino también al mundo que lo contiene: los botines hallados, tanto materiales como sensitivos; la representación, física o virtual, del espacio; y la figura del librero. No es de extrañar, a este respecto, que su discurso parta de “un mapa situacionista” (41), como él mismo indica, diseñado mediante postales, fotos y volúmenes adquiridos, ni que subraye la labor artesanal tanto de la industria y de la distribución como de la lectura; para Jorge Carrión todo cuanto rodea al universo del libro forma parte de una vivencia que aúna los estados de la percepción, una experiencia que podría considerarse poliestética:

[…] arquitectura para el placer y la emoción, que anula cualquier barrera entre el lector y el libro y jerarquiza convenientemente la oferta, en la cual el librero actúa como coreógrafo, meteorólogo, hiperlector o mediador, y dispone los elementos afectiva y efectivamente para estimular la memoria del lector y canalizar su elección —la compra— hacia la dirección que más pueda inyectarle. El énfasis de la librería como suma de experiencias físicas concretas es coherente con una arquitectura y un interiorismo […] donde el espectáculo dialoga con la intimidad, donde la novedad se complementa con el fondo, donde el tacto físico del papel o del cartón se comunica con el apetito en el restaurante o en el bar. (252)

Frente a las ‘grandes’ cadenas de librerías norteamericanas, concebidas como centros de ocio familiar, o a Amazon, la no librería, la “book broker” (297)[2], existe, en su relato, una demanda por lo táctil —el contacto de la página y la tinta—, por lo coleccionable —la acumulación de ‘basura’ del lector fetichista— y por lo humano —el lugar de cruce y reencuentro—: “como en lo virtual asistimos a nuevas formas de socialización, de redes sociales; pero las librescas insisten en el contacto personal, en la plenitud de los sentidos, en lo único que Internet no puede ofrecernos” (258). Por tanto, y como señalaremos posteriormente en relación al rigor teórico del autor, Jorge Carrión emplea su juicio crítico para advertir las consecuencias, tanto ventajas como pérdidas, del furor tecnológico y la globalización. Conforme a esta característica, no es arbitraria la referencia de Gustavo Valle (2013) en cuanto a la fugacidad de las librerías, en su reseña de la obra, ni tampoco la mención del poema “Contraelegía”, de José Emilio Pacheco, por parte de Francisca Noguerol en su presentación en Sevilla.

Esta defensa de lo humano y, por ende, de lo físico estriba además en un repertorio de anécdotas que seducen al lector, incorporadas en el texto como conexiones mnemónicas, matiz que evidencia el pensamiento en red, o memora RAM (Brea, 2009), del autor, fundamental para la construcción de la obra. Destacan, entre ellas, la historia ‘lateral’ de la cultura, como sugiere, que recoge las relaciones entre los movimientos artísticos y estos ambientes para el encuentro, tal es el conocido caso de la Generación Beat y la Perdida en Shakespeare and Company, City Ligths y Gotham Book Mark. Asimismo, este anecdotario oculto sondea las paradojas de las grandes figuras políticas, presentadas por Carrión como lectores insaciables. Ideólogos, dictadores y censores formados gracias al intercambio del conocimiento, y es que, dentro de las librerías, dado el carácter privado de estos locales, escapaban de cualquier intromisión, en contraste a sus posteriores estructuras panópticas de la cultura: “cuando conquistó el poder, Stalin desarrolló un alambricado sistema de control de los textos, gracias en parte a esas experiencias personales que le habían permitido comprobar que toda censura tiene sus puntos débiles” (104).

Ahora bien, mientras que estos dos bloques intrahistóricos serían el resultado de un análisis cuidadoso de las crónicas y de la historia de cada establecimiento, resultan esenciales las propias anécdotas del autor. La intimidad de sus viajes y sus búsquedas dentro de las librerías estimulan la curiosidad voyeurísitica. El seguidor permanece absorto ante el escritor aventurero, quien huye de una jauría de perros mientras rastrea las huellas de Bruce Chatwin, o ante el visitante estafado en un regateo en Pekín. En definitiva, su relato produce una lectura empática no sólo hacia la imagen del crítico, sino también hacia el semejante, hacia el otro que es él mismo, hacia Jordi Carrión.

No obstante, y como señalábamos al comienzo, su discurso se fundamenta, además, en una visión de la librería como concepto. En efecto, frente a la “teoríafobia” imperante, según su escrutinio (Carrión, 2010), en la literatura española de los últimos cuarenta años, resalta la figura del escritor como productor de pensamiento. Acorde a los vínculos dispuestos y a la trama nodal dentro de la obra, Jorge Carrión confecciona su acercamiento teórico desde dos posiciones. Por un lado, las anécdotas conducen el relato hasta la digresión, empleando, de este modo, el entorno del libro como pretexto para la idea. Así, un examen meticuloso de las relaciones entre Stalin, Hitler, Mao Zedong, Fidel Castro y la lectura deriva en una tesis acertada sobre la censura:

[…] quienes diseñaron los mayores sistemas de control, represión y ejecución del mundo contemporáneo, […] quienes demostraron ser los más efectivos censores de libros, eran también estudiosos de la cultura, escritores, grandes lectores, en fin: amantes de las librerías. (121)

Este orden de correspondencias conlleva la ruptura de fronteras entre países e ideologías, pero también ente realidad y ficción. De ahí que apoye la equivalencia anterior en algunos personajes de Roberto Bolaño como Ramírez Hoffman o Urrutia Lacroix, escritores, criminales y, sobre todo, lectores. Como resultado de estos entrecruzamientos, emerge la voz del Carrión conocedor y analista de la literatura, hábil para un examen abierto a diversas épocas y tendencias. Sirvan como muestra bien su acertado enfoque de “Casa Tomada”, a propósito de los sistemas de control del conocimiento en la historia política latinoamericana —”[…] no es por azar que la primera parte ocupada de la casa incluya la biblioteca. […] a partir de esa primera ocupación la lectura va siendo borrada de su vida”. (184)—, o bien el apunte acerca de “las novelas fragmentarias” de David Markson (303).

Asimismo, otra serie de anécdotas dispares y de variada procedencia le permite ciertos trazos teóricos sobre la cultura contemporánea. Por tanto, un discurso que alude a las analogías entre Nueva York y París, capitales de la cultura y del consumo, a los cambios producidos en la distribución a raíz de la Revolución Industrial, o que destaca sus experiencias con el regateo, acarreará un análisis de la teoría de la copia, de la serialidad o de la pérdida del aura:

[…] vi en un mercadillo un centenar de teteras idénticas a la mía pero relucientes, sin polvo, producidas en serie, sobre un tapete en el suelo, a un dólar, cuando me di cuenta de que el aura tiene que ver con el contexto (o lo recordé, una vez más). La comparación y el contexto son factores fundamentales también para calibrar la importancia de un libro, cuyo texto es una realidad atada a un determinado momento de producción. (139)

Algo semejante sucede con la noción de movimiento como rasgo del presente. A partir de un repertorio de textos prohibidos por la censura evidencia las propiedades de una sociedad hiperconectada: “cada vez que existiera una afrenta a la libertad de expresión y de lectura, sus consecuencias serían automáticamente globales” (107). En otro momento presenta las variaciones de la percepción originadas a raíz de inventos revolucionarios, como el tren o el ascensor, y unidos al progreso de las ciudades. A este respecto, el autor subraya el alcance del nomadismo desde el comienzo de la obra. Si bien en un principio aparece unido a su propio conocimiento, consolidado a través de los viajes a las librerías del mundo, a medida que avanza su relato, reincide en la condición nomádica de la cultura. Por tanto, del mismo modo que Nicolas Bourriaud (2009) señala la errancia, la ‘no pertenencia’ o la desterritorialidad, inherentes al artista contemporáneo, Jorge Carrión destaca el desplazamiento y el intercambio como propiedades del individuo del presente: “La calle, la librería, la plaza y el café configuran las rutas de la modernidad como ámbitos de dos acciones fundamentales: la conversación y la lectura” (272). Esta naturaleza nómada corresponde también a la elaboración de Librerías y, por extensión, a su idea de lectura. Acorde a las mutaciones derivadas de los cambios en los sistemas comunicacionales, apuntadas por Alessandro Baricco, como él mismo indica (299), el autor defiende la capacidad del hombre para distribuir su atención. Si según José Luis Brea el contexto actual se distingue por la ubicuidad de las pantallas (Brea 2007: 86), Carrión resalta cómo esa circunstancia resulta básica cuando se aprovecha como procedimiento de lectura y estructura cognitiva:

Nuestro modo de leer, inextricable de las pantallas y los teclados, sería la intensificación, tras cientos de años de textualidades multiplicadas y cada vez más aceleradas, en plataformas de información y de conocimiento progresivamente audiovisuales, de esa extensión con implicaciones políticas. Perder la capacidad de concentración en un único texto implica ganar espectro luminoso, distancia irónica y crítica, capacidad de relación y de interpretación de fenómenos simultáneos […] leer como caminar, como respirar, algo que hacemos sin que sea preciso pensarlo antes. (292)

Con respecto a la otra perspectiva de la ‘teoríafilia’, Carrión emplea la idea de las librerías como conceptos en sí mismas. Si en un primer lugar señalábamos la digresión generadora de pensamiento, en este segundo enfoque, el autor realiza una tipología de los locales, resultado de la comparación con la biblioteca, y que deriva en un cartografía el presente: “centros periféricos y periferias centrales, fronteras abolidas, traducciones, cambios de ciudades, saltos cuánticos, interacciones transculturales: bienvenidos a cualquier librería” (274). De ahí que atribuya a las librerías, espacios privados, cualidades afines a la velocidad o la fluidez, mientras que las bibliotecas destaquen por la preservación de la memoria y el control de sus operaciones. A este respecto, su imagen guarda ciertas similitudes con el contraste presentado por Zygmunt Bauman entre la ligereza del software y la rigidez del hardware (2000: 122- 125), aunque exenta de los sobresaltos del filósofo:

La Librería es ligera; la Biblioteca es pesada. La levedad del presente continuo se contrapone al peso de la tradición. […] La Biblioteca está siempre un paso por atrás: mirando hacia el pasado. La Librería, en cambio, está atada al nervio del presente, sufre con él, pero también se excita con su adicción a los cambios. (53-54)

En consecuencia, la librería se alza como metáfora cultural y estética, aprehendida sin dificultad por los lectores cómplices. Cada uno de los escenarios, cada modelo, corresponde a una noción teórica propia del momento del autor, una analogía resultante de su capacidad observadora y crítica. De manera que del análisis de las librerías convertidas en fetiches se desprende una revisión de los iconos generados por el turismo, o de la cultura devenida en espectáculo; asimismo, de la miscelánea de espacios dentro de su estructura, emerge una equivalencia de la distribución de Internet, donde existe una primacía de la imagen frente a las formas textuales. Subraya además, en su mapa del conocimiento nómada, la librería de urgencia, necesaria para el viajero impaciente, la de viejo, con su “acumulación desordenada del saber” (173), las virtuales, cuya supervivencia reside en la ficción, o las remotas, las que posiblemente prevean el ocaso del libro.

Jorge Carrión compone, por tanto, una obra miscelánea, un himno a las librerías por momentos elegíaco, pero consciente de la ruina y laudatorio de los cambios. Librerías, como Rayuela de Cortázar, se convierte en la nueva guía del viajero: cuatrocientos cuarenta gramos de crónica, crítica literaria, ensayo, land art y lugares para el reconocimiento.

Bibliografía

Bauman, Zygmunt (2000). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de cultura económica, ed. 2004.

Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

Brea, José Luis (2007). Cultura_RAM. Mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica. Barcelona: Gedisa. También disponible en <http://joseluisbrea.net/ediciones_cc/c_ram.pdf> (07-01-2013).

Carrión, Jorge (2013). Librerías. Barcelona: Anagrama.

Carrión, Jorge (2010). “Teoríafobia”. Jorge Carrión. <http://jorgecarrion.com/2010/05/23/teoriafobia/>  (03-04-2014).

Valle, Gustavo (2013). “Lugares en peligro de extinción”. Prodavinci. <http://prodavinci.com/2013/10/16/actualidad/lugares-en-peligro-de-extincion-por-gustavo-valle/> (26-03-2014).

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Notas:    (↵ regresa al texto)
  1. Jorge Carrión es autor de un extenso corpus ensayístico interesado por las mutaciones artísticas y estéticas del presente y su consecuente manifestación en el terreno de la literatura. Entre sus obras teóricas pueden destacarse Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W.G. Sebald  (Iberoamericana, 2009) o Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011), así como una numerosa nómina de publicaciones y artículos en diversos medios culturales como El País, Revista de Occidente, ABCD, Letras Libres o Quimera, donde formó parte del consejo de dirección entre 2006 y 2009.
  2. Menciona Carrión el término con el que Barnes & Noble identificó a Amazon en su denuncia por publicidad engañosa en 1997.

Caracteres. Estudios culturales y críticos de la esfera digital | ISSN: 2254-4496 | Salamanca