Dogos. El camino místico de Antonio Portela

Dogos. The Mystical Path of Antonio Portela

Elsa García Sánchez (Ministerio de Educación, JCyL)
Rafael Pontes Velasco (Joint Forces Military University – Icheon)

Artículo recibido: 15-10-2013 | Artículo aceptado: 15-04-2013

ABSTRACT: Dogos (2011), the second poetry book by Antonio Portela, is full of mysteries. Since the work trusts nothing to chance and the order of his factors alters the product, we should analyze it step by step, poem by poem. Indeed his proposal of a mystical allegory, which consists in a rising path towards a peak of poetic and vital self-knowledge, is not within reach of most people. Autonomous, independent and probably against the current poetic trends, Portela pays tribute both to his favorite classic poets and to David Bowie´s thirty-one songs, in order to ennoble his words and immortalize his idols in his verses.
RESUMEN: Dogos (2011), el segundo libro de poesía de Antonio Portela, está lleno de misterios. En él nada está dejado al azar y el orden de los factores altera el producto, por lo que debemos analizarlo poema por poema, escalón por escalón. No en vano, su propuesta de ascensión mística se convierte en la alegoría de una cumbre de autoconocimiento poético y vital al alcance de pocos. Autónomo e independiente, posiblemente a contracorriente de las tendencias poéticas actuales, Portela homenajea a sus poetas clásicos favoritos y a David Bowie a través de treinta y un poemas equivalentes a otras tantas canciones del cantante británico, ennobleciendo así sus palabras y logrando que sus ídolos vivan en él.

KEYWORDS: poetry, Antonio Portela, David Bowie, mysticism, allegory
PALABRAS CLAVE: poesía, Antonio Portela, David Bowie, misticismo, alegoría

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1. Introducción

Sobre la vida de Antonio Portela nos da pistas la sucinta nota biográfica incluida en Dogos (2011), su segundo libro de poesía tras ¿Estás seguro de que no nos siguen? (2003) y el diario en prosa Ciudadano romano (2005). Los breves episodios apuntados en la solapa de la obra son más que suficientes, ya que quizá los lectores no necesitemos saber más de este joven poeta que, como otros grandes hombres, nació en un pueblo pequeño (Aljaraque, Huelva).

Si es verdad que en los lugares más humildes crecen los elegidos, tal vez no sea casualidad que Portela comparta su fecha de nacimiento (el 24 de diciembre) con el niño Jesús, con el también onubense Juan Ramón Jiménez y con el músico canadiense Ethan Kath, cabeza pensante del grupo electrónico y de vanguardia Crystal Castles. Quien lo conoce personalmente puede decir que él tiene mucho de los tres, pero tampoco resulta inadecuado compararlo con personajes literarios como El Principito o cinematográficos como Billy Elliot.;

En efecto, Portela es a la vez un maestro y un niño, un príncipe de una galaxia lejana y un encantador bailarín de origen modesto. Amante tanto del barroco como del minimalismo, tanto de la música electrónica como de la poesía pura, no extraña que nos ofrezca unos versos tan elegantes, inocentes, intensos y misteriosos como él. De hecho, este ciudadano romano que ganó el Premio Andalucía Joven de Poesía en 2002 por su primer libro y que redactó parte de su tesis doctoral en Venecia después de ampliar sus estudios artísticos en la Academia de España en Roma, irrumpe ahora como uno de los poetas actuales más crípticos y enigmáticos. Para entenderlo debemos sumergirnos en su oscuro laberinto, más claro y luminoso de lo que parece en un principio.

Dogos, el libro con el que obtuvo el Premio José de Espronceda y en el que nos detendremos aquí, está repleto de propuestas tan ricas como difíciles de descifrar. Sus símbolos se expanden por múltiples direcciones, todas ellas sugestivas. En sus páginas nada parece dejado al azar, de modo que una disposición diferente de sus factores – los poemas – alteraría seriamente el producto. La propiedad conmutativa no suele casar bien con la poesía, de ahí que convenga analizar los versos linealmente, paso por paso. Su trayectoria ascendente, cargada tanto de finura intelectual como de honda emoción contenida, engendra la alegoría de una cumbre poética y vital al alcance de muy pocos.

Cada verso de Dogos aporta una dosis concentrada de arte, entendido éste tanto en su acepción de artificio como en su sentido de espíritu y creación. Espíritu puro y cuerpo puro, ya que en este punto la distancia tomada respecto al chico posmoderno de ¿Estás seguro de que no nos siguen? no llega a la ruptura total. Los cambios en el estilo y en las intenciones, aunque profundos, están regidos por la prudencia y la coherencia.

Seguramente el mejor tributo posible a su héroe, el metamórfico cantante David Bowie, implica mostrarse camaleónico. Ahora Portela no alude a su ídolo veladamente a través de referencias a los que lo amaron, como ocurría con la “Oda a Iggy Pop” de su primer libro[1], sino que aborda con valentía su homenaje total al Duque Blanco. Por ello, la musicalidad del libro atañe tanto a la medida clásica e impecable de sus heptasílabos, eneasílabos, endecasílabos y alejandrinos como a la presencia de los ritmos mutantes de las treinta y una canciones que inspiran los títulos y el contenido de otros tantos poemas.

Pese a que es recomendable conocer tanto las composiciones de Bowie como los intertextos que subyacen en ellas para tratar de percibirlos como Portela, a su itálico modo, hemos de señalar en sus versos caninos la deuda con varias tradiciones poéticas, desde las más universales a otras más subrepticias. Las influencias de Epicuro en su vitalismo, de Horacio en su serenidad, de San Juan de la Cruz en su afán de pureza y de Luis de Góngora en su preferencia por la sintaxis barroca están bien patentes; también destacan la impronta de la melancolía sutil tan característica de Rafael Pérez Estrada o la búsqueda de la felicidad propia de los cordobeses del grupo Cántico; no olvidemos la potente mezcla de tradición y modernidad heredada de poetas actuales tan decisivos como Juan Antonio González Iglesias. Mucho ha cargado el que sube tan alto.

2. Poema por poema

Tras ocho años transcurridos desde su libro de poesía ¿Estás seguro de que no nos siguen?, Antonio Portela nos sitúa en su atalaya particular para divisar –y revisar– desde allí la trayectoria artística del músico David Bowie. Con esta idea en mente surge el proyecto titulado Dogos, tardía abreviación del disco Diamond Dogs (1974)[2].

Este itinerario poético, no solo a través de los cortes que componen el disco, sino también por los singles más representativos del Duque Blanco, desvela la admiración más profunda en un intento de obra de arte total, amalgama de sound and vision, glamour y clasicismo, purpurina y metáfora, construcciones emergentes de plataformas barrocas.

Las reminiscencias de Fray Luis de León se evidencian en el título con el que regresa el británico, The Next Day (2013), después de diez años de silencio. De forma paralela, Dogos se instala en un presente que dista casi una década de la anterior publicación. Desde la perspectiva lúdica y posmoderna que lo caracteriza, el poeta nos sorprende al transformar la archiconocida frase del humanista agustino en una suerte de “Como decíamos mañana”. Y es que, al contrario de lo que nos advirtieron, “el futuro es lo que era”. Veámoslo en estos dos recientes videoclips:


“Where are we now”: http://www.youtube.com/watch?v=QWtsV50_-p4


“The Stars (Are Out Tonight)”: http://www.youtube.com/watch?v=gH7dMBcg-gE

La primera clave de la intrincada senda propuesta en Dogos descansa en la cita de Marsilio Ficino, que precede a los poemas con esta advertencia al lector: “Si por acaso traes contigo algo contrario al amor, deponlo” (Portela, 2011: 9). El hecho de que en sus versos nada se oponga al amor implica leerlos con ojos puros y “escucharlos” con oídos sin prejuicios.

Dado que todo comentario sobre poesía puede desvirtuar el significado exacto de una esencia única e incorruptible, debemos acercarnos a estos dogos con cuidado; sin miedo, pero conscientes de que pueden morder. La sutil expresividad de sus colmillos y la precisión afilada de lo que comunican son casi intraducibles y, especialmente, ajenas a críticas innecesarias. Los poemas hablan por sí mismos, de modo que ni el frío puede traspasarlos. De ahí que la segunda clave del libro resida en la mención a estos versos de William Shakespeare: “No enemy / But winter and rough weather” (Portela, 2011: 9).

Con estas dos referencias iniciales comprendemos que el enfrentamiento contra el clima conlleva también la superación de la prueba del tiempo, pues Portela escribe con la intención de que los años no puedan franquear sus palabras. Así lo atestigua Álvaro Valverde en su blog, donde subraya tanto el respeto a los maestros como el inusual e intransferible eclecticismo que brillan en la obra de nuestro poeta:

La clasicidad aporta todo lo que la tradición, tan desdeñada por jóvenes poco avisados, puede traer a la poesía. La modernidad, bien entendida, el inevitable aire de estos tiempos. Al fondo, la vieja sabiduría mediterránea (“son pocos los dones necesarios”; “Le bastan las adelfas y el romero / lo simple y lo innombrable”); el paganismo; lo nocturno y lo solar (de nuevo las dualidades); el estoicismo, sí, pero también Epicuro; el culto y celebración del cuerpo (la virilidad, la gimnasia, el deporte…); lo elegíaco y lo hímnico, etc.
Ya allí, otra curiosa mezcla, por decirlo de alguna manera, la que une al norte y al sur, entendiendo por tal otras dos culturas que no son sino partes de las anteriormente señaladas: la anglosajona (el inglés aparece cada poco en citas, nombres y versos) y la andaluza. (Valverde, 2011: web)

En este sentido, nos viene a la memoria la breve colección de poemas Vayamos hacia el norte aunque sea dando la vuelta por el sur (González Iglesias, 2001), del mencionado González Iglesias. Aquí se puede afirmar que Portela nos lleva sobre todo al Sur, si bien con la brújula atenta tanto al Norte como a los vínculos insospechados entre el Este y el Oeste, entre la esencialidad oriental y la posmodernidad occidental. Analicémoslo paso a paso.

“Diamantinos dogos”, el primer poema, sorprende por su magnífica y gongorina interpretación de la canción “Diamond dogs” de Bowie. Con el ambivalente término “dogos” se alude a la vez a lo regio o noble y a lo instintivo, salvaje e inquieto. Este vocablo designa el antiguo título de los máximos dirigentes de las Repúblicas Marítimas de Venecia, región en la que Portela vivió durante una buena temporada. La dignidad nobiliaria vincula así la ciudad veneciana con el Duque del pop británico, sin pasar por alto la ambigua y bella iconografía perruna impresa en la portada del reconocido disco. El poema, impresionante de principio a fin, dibuja de este modo la carátula del álbum:

Se oyen ladridos por las arboledas.
Vienen de antiguo. Dicen que barruntan
indefensas fracciones de universo,
bajo pretil o trampa de intemperie,
bálsamo insomne, fiestas, soledades
y cuerpos. Con frecuencia se confunden
con lobos. Óleo solemne esplende,
sombra y relámpago, sobre el pelaje.
No callan. Cuentan que profieren verbos
estadísticamente perfilados
por la jauría, y cuando en los rediles
los enumeran fingen mansedumbre.
Todo les turba. Fauces de diamante
ciegan la vista del sacrificado.
No lamen las heridas. Los avivan,
como al fuego sobre dorada riza,
el viento de los siglos y los puros
de corazón, aquellos que han amado
y han ardido, los fieles residentes
de los signos veraces y del agua.
Mecen su paso torvos y certeros.
Que un alto seto oculte los espacios.
Van cercando los dogos el jardín. (Portela, 2011: 11-12)

En estos veintitrés versos apreciamos que, aunque los perros portelianos pueden adoptar una pose tranquila y relajada – “y cuando en los rediles / los enumeran fingen mansedumbre” –, en verdad avanzan sin dogales – como fieros místicos a los que “todo les turba” – y nos guían hacia un mundo tan artístico como natural: “Van cercando los dogos el jardín” (Portela, 2011: 11-12).

En dicho mundo se fija como requisito la soledad inquebrantable, como sugiere el segundo poema del libro. En este aspecto “Odisea espacial” nos trae a colación la cita del horóscopo incluida en ¿Estás seguro de que no nos siguen?, donde se resalta la independencia propia de Capricornio. Como su nativo Portela simboliza a la perfección, la solitaria cabra de monte “persigue sus objetivos en forma coherente, ejecutiva. Éxito” (Portela, 2003: 9).

Han pasado ocho años desde la publicación de su anterior libro de poesía, un lapso de tiempo que parece breve para quien lo observa desde el espacio. Despojado de la mochila de la inexperiencia juvenil, el poeta se desplaza ligero como Ulises o como El Principito. Así lo constata su íntimo reconocimiento al viajero ascético: “Pregúntenle al Poeta si hay alguna razón, / una sola razón del todo irrebatible, / por la que yo debiera regresar a la Tierra” (2011: 13). Los videoclips y las actuaciones de Bowie ilustran mejor esta sensación, casi familiar, de soledad cósmica:


“Life On Mars?”: http://www.youtube.com/watch?v=v–IqqusnNQ.


“Space Oddity”: http://www.youtube.com/watch?v=cYMCLz5PQVw.


“Starman”: http://www.youtube.com/watch?v=4B5zmDz4vR4.

En este tiempo, los dos autores, tras preguntarse si hay vida en Marte, viajan por el espacio convertidos en un auténtico Starman – “A ti me ofrezco, a ti, que en el tedioso / transcurrir me liberas” (2011: 50) –, que propone el arte como último refugio en el que cantar “I´m only dancing”. O como dice otro de los poemas, en recurrente fusión de literatura y ritmo: “Querido Pablo [García Baena], cuánto / he bailado tu verso la noche de los bárbaros” (Portela, 2011: 47).

También Ground Control y Major Tom conversan en esa odisea espacial, como música y poesía, realidad y ficción, pasado y futuro, metáforas gongorinas y iPods en la pista de baile. El viaje ha comenzado – “Now it’s time to leave the capsule if you dare” – y la cuenta atrás se asemeja a un reloj de arena dibujado en el éter:

Ground control to Major Tom
Ground control to Major Tom
Take your protein pills and put your helmet on
(Ten) Ground control (Nine) to major Tom (Eight)
(Seven, six) Commencing countdown (Five), engines on (Four)
(Three, two) Check ignition (One) and may God’s (Blastoff) love be with you.

En este punto, el verso “Estoy aquí de paso a las estrellas” (Portela, 2011: 13), tan próximo a “far above the Moon”, homenajea a Stanley Kubrick y su oscarizada 2001: A Space Odyssey (1968). El movimiento en el espacio es acompañado por un desplazamiento continuo en el tiempo, el cual cobra una dimensión única con direcciones variables que van de Bowie a Kubrick, de Pound a Crystal Castles, de YouTube a Covarrubias, de Dogos a 1984.  Las siguientes imágenes refuerzan esta impresión de paseo más allá de la Vía Láctea:

Figura 1: 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick.

Figura 2: Dormitorio espacial.

Figura 3: La soledad colectiva.

Figura 4: Astronauta en el silencio.

Figura 5: Viajero entre ruedas.

Figura 6: Habitación cósmica.

Figura 7: Rojo y llanto.

Figura 8: Soledad exterior.

La fascinación cinematográfica es conocida en nuestro poeta, quien cambia de ángulo cuando nos ofrece una visión panorámica de mitos del séptimo arte en estudios pormenorizados y sutiles como el inédito sobre Greta Garbo. Tampoco Duncan Jones, primogénito del afamado cantante, puede sustraerse al hechizo lunar y en 2009 dirige Moon. Asimismo Portela, el otro hijo de Bowie, parece agazapado en esta introspección por el satélite y preguntar “Can you hear me, Major Tom?”.

Figura 9: Moon (2009), de Duncan Jones.

En “Cinco años”, el tercer poema, la enumeración alegórica de conocidos hechos reales y crudas noticias televisivas pasa por el tamiz de una aguda visión estilizada. A través de un certero ejercicio de orfebrería lingüística, Portela logra que varios de los sucesos funestos que atormentan a la humanidad se expongan en versos impregnados de hermosura. Se trata de un poema posiblemente escrito en 2007, pues alude con estas palabras a 2012: “Y eternamente cinco / son los años que quedan para el Apocalipis” (Portela, 2011: 15).

En este poema la noche simboliza la luz, el reducto íntimo que nos protege de los problemas del exterior y vence la pesadumbre que transmiten los peores agoreros: “Nadie nombra la noche. Allí no llegan / trompetas, ni galopes, babilonias / ni siete fieros ángeles que viertan / la copa triste de los noticiarios” (16). Como en “Piedra de sol” de Octavio Paz, también en “Cinco años” los amantes se aíslan de los desastres que los acechan luchando contra las profecías con “más de lo mismo”[3]. De hecho, quizá este verso oculta un inquietante presentimiento sobre la terrible tragedia que hace más de un año devastó Fukushima, a la vez que sueña un futuro libre de amenazas nucleares: “En Oriente silencian pasiones nucleares” (Portela, 2011: 14).

“Ceniza”, poema que consecuentemente sigue al incendio acaecido en el anterior, hermana a Bowie con Horacio y de nuevo con Fray Luis de León. Dejando atrás las vanidades del mundo y arriesgando todo para definirse, Portela combate el “negocio” y la “praxis” al apostar por el delicado “ocio” “de contemplar, no hacer, (….) / y ser un ávido animal de amor / desatendido en su consciencia” (Portela, 2011: 17). Así ocurre en esta imagen con trasfondo ceniciento que el cantante británico comparte con William Burroughs:

Figura 10: Viendo la vida pasar.

Con “Opsímata” confirmamos la impresión de asistir a un proceso místico de crecimiento, que arranca de una previa travesía de purificación por parajes despoblados y arenosos: “Nadie me dijo que de nada sirve / la embriaguez, pues mi parte / de laguna sería / bendita por la gracia del desierto” (Portela, 2011: 19). El final del poema contrasta con el soneto “El poeta se ha cortado con un vaso roto”, del primer libro. Frente a la pregunta dirigida al vaso – “¿Por qué cilindro infiel, traidor barato / el tubo en que me sirvo la bebida, / me bebe ahora el líquido de vida?” (2003: 24) –, resplandece la respuesta propiciada por la copa: “Que habría de beber esta sustancia / sin preguntar por qué / la cantidad vertida, / que el fondo de la copa lleva escrito / conserve su billete hasta fin de trayecto” (Portela, 2011: 19).

Tras la peregrinación por el desierto, llega la hora de “Mirad a mis amigos”. Este imperativo que el poeta ofrece a sus allegados da la bienvenida a la reivindicación del cuerpo: “Sed objetivo de las estadísticas, / bordead la intensa celebración del mundo” (Portela, 2011: 20-21). Por tanto, el ascetismo no supone elitismo radical ni rechazo a los semejantes, sino la máxima expresión de una austera cotidianidad que se resalta al mismo tiempo que las “chanclas. Martini. Very normal people” (Portela, 2011: 21). Con razón Rafael Suárez Plácido señala la importancia de las consideraciones biográficas en la obra de Portela:

Las referencias a su pasado son constantes: tanto las geográficas, Huelva, Punta Umbría, las dunas, Doñana, como las personales: los amigos, a los que dedica algunos de sus mejores versos sin malgastar retórica ni adjetivos ampulosos, ni falsa conmiseración, sólo permitiéndonos contemplar algunos de sus momentos de dicha. (Suárez Plácido, 2011: web)

Tal vez en contraposición a esta felicidad escribe “Extraños”, donde lamenta que su pureza corporal se vea contaminada por “ácido / acetil salicílico” (Portela, 2011: 23). En la medida en que su mentalidad rechaza los fármacos decide no recurrir a la primera persona para relatar la necesidad de tomar somníferos, sino a la segunda: “Ansiolítico o látigo añil para dormirte” (23). También en “Edward the Lion” insiste en la consigna de no corromper su organismo con sustancias químicas ajenas. El marinero protagonista del poema resume este objetivo ético en tres versos: “Olvida las pastillas. / Una vez las tomé. / Me abandonaron. Bebe, baila y vive” (25).

Los siguientes poemas nos invitan entonces a disfrutar de los regalos humildes que nos da la vida, sobre todo como recompensa a nuestros esfuerzos. Así, “Vendimos el mundo” demuestra que Dogos está hecho sólo de amor, “sin dinero, sin asco, sin codicia (…) / sin haber malgastado / en lo útil el tiempo de aprender” (Portela, 2011: 27); mientras que “Son pocos los dones necesarios” propone reducir la ambición al mínimo, a la esencia, a lo intransferible, incluso ensalzando lo infinitesimal que bulle en la fuerza más sublime: “Un vídeo de YouTube / muestra el tránsito lento de las células/ de un músculo que crece tras entrenarlo” (28).

“Visión y sonido”, situado en el centro del libro, posee un título que sintetiza los dos soportes materiales básicos de la obra: la imagen y la música. No en vano, el primer verso de Dogos alude al oído – “se oyen ladridos por las arboledas” (Portela, 2011: 11) –y el último a la luz– “un íntimo fotón bajo los párpados que ciegue la tristeza” (57). En todo caso, este poema central consolida el camino del místico consagrado a la celebración de la felicidad. La melancolía ligada a veces a la consciencia y a la sensibilidad no empaña el vitalismo extremo, traducido aquí en una apuesta decidida por “no quejarse”: “Que no se nos oculten / los frutos más amenos de las cosas” (29).

Ya en “Del glamour como categoría moral”, especie de arte poética que corona Ciudadano romano, se diseñaron los diamantes y perlas morales que conforman la seña distintiva de Dogos: “El glamour es cuestión de elegancia. Elegancia formal y espiritual: la de ser bellos y la de no quejarse. Aunque sólo sea un puro artificio” (Portela, 2005: 68).

Este propósito cristaliza en “Happiness is happening”, donde la paronomasia feliz del título nos alienta a vivir “recomponiendo inesperadamente / la alegría” (Portela, 2011: 30). El cumplimiento de una vida plena no depende del grado de euforia, sino de sentir la satisfacción de quien, como el musculoso protagonista del poema “Portada de Men´s health”, “ha meditado mucho su medida” (31).

También Portela ha meditado en profundidad la medida de sus versos, de sus músculos, de su lugar en el mundo. Tallando tanto sus centímetros como sus sílabas, nos regala el retrato de un hombre que bien podría ser él mismo dentro de diez años. Como el homenajeado modelo de la revista masculina “ha levantado piedra o sombra” (Portela, 2011: 31), puliendo sus poemas desde la oscuridad de lo íntimo. Se convierte entonces en un alquimista que extrae la esencia dorada de los yacimientos ocultos. No por casualidad el oro, el metal de la medalla olímpica más preciada, tiñe de color tanto la portada como la contraportada de Dogos.

Después viene una nostálgica “Acotación para noviembre”, especie de interludio constituido por dos escuetos y enigmáticos versos, quizá los más cercanos a esa “lengua y cultura japonesas” que – como señala su nota biográfica – tan bien conoce el poeta: “Susurran sobre las arenas / la belleza ha sido” (33). Tras esta leve y sugestiva declaración, con “Principiante absoluto” aprendemos que los hallazgos de la felicidad rara vez son materiales: “Inseparable del amor no busca / regalado marfil ni baúles dorados / que guarden joyas del mayor tesoro” (34).

En los siguientes poemas, Portela retoma algunos de sus temas característicos. En “Satélite” aporta una nueva visión del tenis, su deporte favorito y ya abordado en el libro anterior con “Oda triunfal a Steffi Graf en su última victoria en Roland Garros” (2003: 40-42). En esta ocasión sólo menciona que “Nadal conquista Wimbledon, el partido más bello / de la historia” (2011: 36), pero la anotación basta para recordarnos que nuestro campeón universitario practica este deporte – a la vez individual y por parejas – tanto físicamente en el complejo deportivo de las Salas Bajas de Salamanca como cósmicamente en una pista de estrellas.

En “Otra muerte” destaca el vitalismo exacerbado de los últimos versos, en los que la fortaleza de la poesía que preserva y permanece supera los límites más marcados en nuestra existencia: “Yo soy la vida que amanece y da / pleamar a la muerte, / una estrofa encendida para que me camines” (Portela, 2011: 37). “Cambios”, en consonancia con uno de los objetivos de Dogos, exalta la libertad nacida de lo novedoso: “Pero esta tarde llego despojado, / ardió lo antiguo” (38). La síntesis entre tradición y modernidad se plasma en “Candidato”, donde la energía vital del amor acontece “como / ciervo a la fuente que despunta” (39).

En “Esta noche” Portela demuestra que la mayor riqueza del ser humano reside en el erotismo: “Húmedo el cíngulo del albornoz / te anuda el cuerpo punteado de agua, / precipitadamente tesoro por tu cuello” (Portela, 2011: 40). Negarse a la derrota y al desfallecimiento supone firmar “en el nombre de los que no se rinden” (41). En efecto, la noche resulta propicia para este libro escrito desde el interior, para leer casi con la luz apagada (si ello fuera posible) y, por supuesto, escuchando música de Bowie.

En “Salvaje es el viento” el poeta se alza impermeable a las críticas destructivas, al dolor, incluso a los murmullos negativos provenientes de su conciencia: “Acerca las palabras que oía desde lejos: / el temor, el desprecio, los agravios” (Portela, 2011: 42). Frente a la caprichosa inestabilidad de los rumores que fluyen por el aire, su desafío poético se funda en el lenguaje como refugio, como morada de sílabas resistentes que el viento no se lleva: “No bastará tu aliento” (43). Desaparecen así los silbidos de escarnio que traen los malos vientos, desvanecidos para siempre en su enfrentamiento con estos versos tan densos, perseverantes y sólidos como piedras preciosas.

Retrocedamos un segundo a “Happines is happening” para recordar que estamos en la casa del poeta, en su habitación, en su garganta: “Esto es el agua y ésta mi garganta” (Portela, 2011: 30). Por ello su vitalismo cabe incluso en el terrible acontecimiento relatado en “Rock`n`roll suicide”. Ante el doloroso fallecimiento del amigo, los únicos dogos que merodean en el poema son gatunos –el texto comienza con “un callado felino” (44)– y sólo perceptibles para quienes han “intensamente / probado las potencias de la vida” (44). El héroe, sin embargo, se desvanece en este preciso momento. Juventud hedonista, entrega a unos placeres agotados, pero bajo las coordenadas de lo maravilloso: “Let’s turn on and be not alone (wonderful), gimme your hands cause you´re wonderful”. La canción de Bowie nos recuerda, especialmente en el vídeo que incluimos a continuación, la premisa fundamental: no estás solo.


“Rock ‘N’ Roll Suicide”: http://www.youtube.com/watch?v=W1UVwHUDakI

Por su parte, “Tríptico bajo el estroboscopio” supone el mejor correlato posible para la “Trilogía del fin de semana”, reivindicado en el libro anterior (2003: 34-36). La primera sección se inicia con “Go-gos”, donde la vitalidad juvenil queda materializada en la preponderancia del baile: “Pido resurrección y house / para salvar sus cuerpos de la muerte y el alba” (2011: 45).

Notemos a este respecto que ya en Ciudadano romano Portela expuso su teoría de que la resurrección de la carne se producirá con los órganos genitales intactos. Tal vez por este motivo aclara en “D. J.”, la segunda parte del tríptico, que su horaciano odio al vulgo profano convive con un deseo irremediable de fusión con la humanidad tomada en su sentido más primigenio. Al hablar “del aroma sublime o basto de la gente” (Portela, 2011: 46), doble condición que atrae y repele, nos invita a perdernos entre las multitudes, en especial cuando éstas se reúnen en discotecas y conciertos. Disolverse en la música constituye entonces otro camino para el místico, pues en sus lindes rítmicas, armónicas y melodiosas somos verdaderos.

Así se constata en “Europop”, el tercer elemento de este poético cuadro musical: “Qué cerca / estamos esta noche / de vivir prodigiosos, / polícromos y bárbaros. / Son propicios los ritmos / alguien pulsa metódico / escalas simples, golpes / sincopados estéreos” (Portela, 2011: 48). Inmerso en el sueño eterno, acontece la invitación final: “Bailemos, pues, Morfeo” (48).

La ascensión mística se cumple con “Señor de las estrellas”, poema clave donde se hace explícita la metáfora de la escalada. Como un atleta ermitaño, Portela sube el “angosto pasaje / cercado con la meta que la amargura marca” (Portela, 2011: 50). Después del éxtasis en la pista de baile, asistimos a la purificación definitiva que confirma que este libro gana con las lecturas, con las escuchas. Su recorrido es largo y su comprensión exige esfuerzo, lo que implica un viaje arriesgado, profundo y total.

El trayecto a través del espíritu nos lleva casi indistintamente al sexo, como se aprecia en “Administra la copa. (El último de Rocco Siffredi)”. En este poema el actor porno se entrega al placer ajeno y nos ofrece su sacrificio, asemejándose a un místico al que – en vez de aceptar la ataraxia aconsejada por Santa Teresa de Jesús – todo le turba: “Mil veces mil filmé las ansias” (Portela, 2011: 51).

En “Como los delfines” prosigue la elevación, providencial de tan misteriosa: “Y tan arriba fluyes y ligero / que ya no sé si cruza / astro o delfín, si espalda o tu horizonte” (Portela, 2011: 53). De este modo, el joven nadador adquiere visos de héroe equiparable al que presenciamos en este vídeo:


“Heroes”: http://www.youtube.com/watch?v=Tgcc5V9Hu3g

En “Rebelde, rebelde” al místico parecen crecerle las alas y convertirse en un ángel cuando elige preservar su singularidad: “Decidí no propagarme, / no sumar superficie / con que el hombre pudiera señalar / mi indefensión o gloria” (Portela, 2011: 54). Veamos el célebre videoclip de la canción que inspira el poema:


“Rebel, rebel”: http://www.youtube.com/watch?v=KtfpsLmmdVI

El diálogo intertextual y cinematográfico se materializa en la obra del que “En dirección opuesta / me procuré un lugar” (Portala, 2011: 54) y advierte: “Huye de todo, / porque en el todo está la mansedumbre” (55). “Because you’re young”, asegura también ese rebelde que de forma camaleónica se mantiene vigente en el tiempo. Reina desde su escenario, donde “we look divine” en sus radicalizados y puros changes –“Just gonna have to be a different man. / Time may change me”–. Quizá “she´s not sure if you´re a boy or a girl”, pero lo cierto es que “you like me, and I like it all”. Los dos se erigen así en andróginos seductores que irremisiblemente enhechizan, porque saben que “you want more and you want it fast”. Adalides hedonistas que no dudan en confesar “Hot tramp, I love you so!”, por momentos confundimos a Antonio con David (y viceversa):

Solo sé que sirvió mi rebeldía
vino dulce en mi copa y me otorgó
este templado grado de ebriedad que tiendo
en las ciudades húmedas y desde entonces llega
cada noche sereno y me adormezco
pensando en que crecí en el momento justo:
cuando ya no quedaba otra salida. (Portela, 2011: 55)

Esta insolencia se perfila en la estética y en los atuendos que han dado a Bowie el título de camaleónico. Precisamente, sobre todo ello versa la actual exposición en el Victoria & Albert de Londres. Allí observamos el diseño japonés al que recurre el cantante, de la mano de Kansai Yamamoto, para la gira de Aladdin Sane (1973). He aquí algunas fotografías al respecto:

Figura 11: David ataviado por Kansai.

Figura 12: Bowie Superstar.

Figura 13: Hombre-boca-guitarra.

Figura 14: Maniquí interestelar.

Pero quizá sea la portada de Aladdin Sane, obra de Brian Duffy, la que le ha llevado a convertirse en un icono inmortal, reproducido en múltiples ocasiones.

Figura 15: Conmovido por el rayo.

El relámpago de Bowie nos atraviesa a todos, desde Kate Moss para la revista Vogue hasta los frívolos Lego en su juego virtual sobre rockstars.

Figura 16: Moda, música y arte.

Figura 17: Dulces sueños.

Figura 18: Niño glam.

Figura 19: Arrebatada.

En esta dirección, la película C.R.A.Z.Y., dirigida por Jean-Marc Vallée (2005), esgrime la defensa del homoerotismo en un entorno tradicional y hostil de los años 60.

Figura 20: Locos por Bowie.

Con Bowie y otros mitos del rock como modelos, el joven Zach construye y refuerza su identidad en plena adolescencia.

Figura 21: En blanco y negro.

Marcados los límites y vallado el terreno, Dogos termina con dos avisos de esperanza. El primero es “Buzón de voz”, en el que el predominio de la añoranza puede compararse con una llamada telefónica a un dios ingrato: “Infliltra tu humedad, contesta, porque turbias / medusas van desliendo tu náutico recuerdo” (Portela, 2011: 56). El segundo aviso y último poema es “Arenas movedizas”, donde el poeta formula su deseo final, una íntima oración que resume la doble vertiente mística y pagana del libro: “Señor, / haga fuerte mi voluntad, concédame / altos niveles de serotonina, / un íntimo fotón bajo los párpados que ciegue la tristeza” (57).

3. Conclusión

En definitiva, la calidad de Dogos posibilita múltiples interpretaciones, en tanto que parece ir a contracorriente de todas las modas y alejarse de cualquier camino que no sea el propio. Autónomo e independiente, se desmarca de todo; incluso de la angustia que según Harold Bloom producen las influencias. Portela absorbe lo más puro de sus poetas predilectos y ellos se transparentan con naturalidad en sus versos. La solidez de su dicción supera con holgura las “arenas movedizas” de las vanidades del mundo. Sólo alguien tan pudoroso y reservado como un poeta que tarda ocho años en publicar su segundo libro puede decir lo mejor con menos. Desnudo y despojado, da valor y medida justa a más de una verdad esencial.

Desinteresado en varias acepciones de la palabra, se erige en un adalid de los que no se gobiernan por intereses prácticos ni pretensiones materiales. Protegido a su manera de los males de la sociedad, alejado en lo que puede de lo pernicioso de la ambición desmedida, se muestra ligeramente desdeñoso con los caminos literarios convencionales. Su guarida intelectual no resulta incompatible con la empatía hacia los que se entregan a la pasión (recordemos, por ejemplo, la solidaridad que establece con los amantes en “Cinco años”). Pese a todo lo que el tiempo ha interpuesto, aún se preserva incólume la asombrosa brillantez del chico de ¿Estás seguro de que no nos siguen? Sin embargo, en poemas como “Principiante absoluto” comprobamos que su crecimiento continúa firme, seguro, tenaz y efectivo: “Conozco a aquel muchacho que alguna vez me dijo / que nada se interpone entre el ocaso y él” (Portela, 2011: 35).

Libre él y libres los que lo leemos, pues nos libera de todos los prejuicios que podamos tener respecto a la unión de la poesía con la música, de Oriente con Occidente, de la tradición con la modernidad. Nadie sabe qué senda tomará Antonio en su próximo libro o en su siguiente aventura vital, pero sin duda será apasionante.

Bibliografía

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González Iglesias, Juan Antonio (2001). Vayamos hacia el norte aunque sea dando la vuelta por el sur. Zamora: La borrachería.

Kubrick, Stanley (dir.) (1968). 2001: A Space Odyssey. MGM.

Portela, Antonio (2003). ¿Estás seguro de que no nos siguen? Barcelona: DVD.

Portela, Antonio (2005). Ciudadano romano. Huelva: El Gaviero.

Portela, Antonio (2011). Dogos. Valencia: Pre-Textos.

Suárez Plácido, Rafael (2011). “Dogos, de Antonio Portela. ¿A qué se debe su serenidad”. Minombre.es. <http://minombre.es/rafasuarez/archives/1427>. (5-10-2012).

Vallée, Jean-Marc (dir.) (2005). C.R.A.Z.Y. TVA Films.

Valverde, Álvaro (2011). “En Almendralejo con Portela (y otros)”. Blog de Ávaro Valverde. <http://mayora.blogspot.kr/2011/05/en-almendralejo-con-portela-y-otros.html>. (1-10-2012).

Caracteres vol.2 n.1

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Notas:    (↵ regresa al texto)
  1. Antonio Portela (2003). “Oda a Iggy Pop”. ¿Estás seguro de que no nos siguen? Barcelona: DVD, pp. 21-22: “Y tú, viejo y fibroso Iggy Pop, que amaste a Bowie / como a ti mismo o quizá no tanto”.
  2. Recordemos que, a su vez, Diamond Dogs pretendía ser un tributo a la novela de George Orwell, 1984.
  3. Antonio Portela (2003). “A mi walkman”. ¿Estás seguro de que no nos siguen? Barcelona: DVD, p. 27: “Más de lo mismo, así combato el ruido”.

Caracteres. Estudios culturales y críticos de la esfera digital | ISSN: 2254-4496 | Salamanca