Sinestesias ciborg

El hombre postorgánico, el ciborg, el tecnodependiente de la prótesis… los nombres son muchos, pero el ser humano depende desde tiempos inmemoriales de lo protésico para garantizar su progreso y supervivencia como vía para superar sus limitaciones animales e incluso intelectivas, es decir, orgánicas.

Neil Harbisson
Neil Harbisson, reconocido como el primer ciborg oficial

Lo indicaba Javier Echeverría[1] cuando afirmaba aquello de que estamos ante un «cuerpo humano implementado por un conjunto de prótesis tecnológicas que le permiten acceder y ser activo en el tercer entorno». El concepto protésico del tecnocuerpo, y cómo este altera la propiocepción, nos acompaña desde tiempos remotos, desde el mismo momento en que el se emplea la habilidad intelectual para crear herramientas que se convierten en inseparables y son necesarias para superar las limitaciones físicas. Son objetos que se acomodan y amoldan a la vida cotidiana y pasan a ser parte del ser humano como una ortopedia esencial.

Toda aportación procesada, no hallada tal cual en la naturaleza, es un componente protésico, ya sea en la forma del calzado, la vivienda o lo que sea. No son simples herramientas, pues van mucho más allá de lo que implicaría un uso ocasional o cuando menos no estrictamente vital. Y no solo eso: además de prótesis materiales, como las citadas, se dan las culturales, destinadas a cambiar el modo de pensar, como por ejemplo la lengua, la escritura o las matemáticas[2]. De ahí a la tecnología de la virtualidad, la proyección avatárica, hay un paso; pero esa es una cuestión que he tratado extensamente en otros trabajos y no me detendré ahora en ello.

Retomando la visión de Echeverría, el tecnocuerpo no se constituye por la suplantación de elementos biológicos, sino por la suma e integración de los elementos tecnológicos que dan acceso a nuevas esferas, como la digital. Las implicaciones de este postorganismo en la proyección del personaje-autor en la narrativa digital son buena parte de esos temas que anteriormente decía haber tratado en repetidas ocasiones en el pasado. Ahora encuentro apropiado dejar de lado esas consideraciones para realizar una breve reflexión en torno al caso de Harbisson, que ya tuvo una aparición en este blog. Destacábamos entonces una cita extraída de la entrevista concedida por este joven a El País:

El siglo XX planteó la unión entre la máquina y el hombre como una unión negativa y peligrosa. Aceptamos utilizar la herramienta, pero tenemos muchos prejuicios para incorporarla al organismo.

Es cierto que lo protésico ha experimentado un fuerte avance en el siglo XX, tanto desde la perspectiva estética como en la sustitutiva; de hecho, en muchas ocasiones, ambas van unidas, pues no toda prótesis es fruto del deseo vanidoso (de, por ejemplo, tener mayores pechos) ni se busca únicamente la sustitución de la función (por ejemplo, en casos de pérdidas de extremidades). Estamos muy lejos de conseguir que las prótesis logren una integración real con el cuerpo y aunque quizás sea extremo atribuir esas limitaciones a prejuicios en vez de a los límites de nuestra tecnología actual (o bien del escaso interés por financiar este tipo de avances en relación a preocupaciones mayores, como la Viagra, si permiten el discurso populista).

Por eso nos sorprende la visión de poeta que llega a los ojos de Neil Harbisson, condenado o bendecido a vivir en la sinestesia. Oye los colores, y su percepción de los mismos es, por tanto, única. La sinestesia que habían dominado los poetas y sufrido los enfermos… pues debemos recordar que se asocia a una alteración neurológica que se estableció médicamente por Sachs a principios del XIX y que más recientemente ha sido tratado por Cytowic[3].

La cámara que Harbisson lleva unida a su cuerpo le transmite sonidos en función del color, por lo que la acromatopsia que padece se traduce en una sinfonía. Donde nosotros vemos un arco iris él escucha una escala de notas. Es lo que él denomina sonocromatismo. Estudiar la correlación entre colores y tonos empleados por el dispositivo restan algo de magia, pero con todo pueden consultar a continuación las tablas de correspondencias, extraídas de la Wikipedia:

Escala sonocromática
Escala sonocromática de Harbisson.

Se trata de un caso -casi- de libro en el que la tecnología se suma e integra en el cuerpo de Harbisson para no compensar o sustituir (pues sigue sin percibir el color y no se ha alterado tampoco su percepción visual), sino para añadir un valor adicional a su comprensión del mundo. Es imagen y sonido, unidos e inseparables, una experiencia sinestesia controlada y consciente que le permite obtener una visión diferente de una misma percepción, pues el dispositivo reacciona ante la longitud de onda del color.

Notas:    (↵ regresa al texto)
  1. Para más información, pueden consultar: Echeverría, Javier (2003). «Cuerpo electrónico e identidad». En D. Hernández Sánchez (ed.). Arte, cuerpo, tecnología. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, pp.13-29.
  2. En este caso, Fernando Broncano desarrolló esta línea de pensamiento por extenso en su libro La melancolía del ciborg, de 2009.
  3. Gracias a sus trabajos sabemos que, además de al uso de drogas psicodélicas, y al uso estrictamente metafórico, la sinestesia puede darse en determinados casos de autismo o como resultado de ataques epilépticos, además de ser considerado, en ocasiones, como un síndrome aislado y propio.

Un pensamiento sobre “Sinestesias ciborg”

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