La frontera del ebook

El libro electrónico es un mundo abierto al que le cerramos las puertas debido a que lo hemos ido llevando por la senda del trasunto de la hoja impresa y solo muy ocasionalmente se ha pretendido dar ese algo más al lector, posiblemente debido también a que pocos autores y pocas editoriales han decidido realizar un aprovechamiento pleno del formato. ¿Dónde están los límites del ebook?

Kindle
Kindle, modelo 3G con 9,7".

A efectos prácticos, y cogiendo el testigo de una pregunta que lanzó Moisés Cabello desde Facebook (o al menos desde ahí la vi yo), vamos a establecer una nomenclatura sencilla desde la que partiremos y que en español (aunque la RAE se ha pronunciado, no ha sido eficiente). En español se ha decidido -y no parece que vaya a optarse por una solución y mucho más elegante- que libro electrónico se emplee para referirnos tanto a un lector de libros digitales como al objeto -virtual- de lectura. Entiendo, como filólogo, las determinaciones que toma la RAE, y como filólogo tomo la determinación de no seguirlas si no estoy de acuerdo. De hecho, esta creación de homonimia es artificial y poco justificable: en inglés se usa e-reader para el lector electrónico y e-book para el libro electrónico, aunque en algún momento sí se empleaba el mismo término (e-book) para todo; eso se superó. Hagámoslo también nosotros y respetemos esa diferenciación por comodidad y eficacia.

Superado ese escollo -o, incluso, excurso- inicial entremos en la cuestión que nos interesa. Vamos a dar un paso lateral y pensemos en nuestras experiencias como usuarios de programas informáticos, sean cuales sean. Da lo mismo que sean videojuegos, aplicaciones de productividad, o de entretenimiento en general. Cuando se desarrolla un software hay varios objetivos a perseguir y métodos para alcanzarlos. Uno de ellos es ser multiplataforma, es decir, que nuestro programa esté disponible en varios sistemas (por ejemplo, Windows, Mac y Linux) o que sea exclusivo para una de ellas.

Si es multiplataforma, podemos hacerlo de varias maneras, pero las dos más habituales son: 1) Ofrecer un producto general y sin variaciones que sea común a todas las plataformas en las que se distribuya; y 2) Ofrecer un producto que aproveche las características propias y específicas de cada una de esas plataformas. En software de productividad no siempre lo vemos o percibimos con claridad, pero quienes hayan usado Office, de Microsoft, en Windows y en Mac saben que hay diferencias importantes en la interfaz. Y son varios los programas que están también disponibles en esas plataformas y en el caso del Mac aprovechan los gestos del trackpad en los ordenadores de Apple para realizar funciones como el zoom, o pasar página, por poner unos ejemplos.

Kindle Fire
Kindle Fire, tableta de Amazon

Más obvios son los cambios en videojuegos. Un juego multiplataforma puede ofrecer gráficos más complejos en un PC (con la suficiente potencia), un control específico en Wii, o integrar servicios sociales y otras ventajas, todo ello en función de en qué máquina vaya a ejecutarse. En este caso, se ha buscado sacar el máximo provecho de los puntos a favor de esas plataformas para que los usuarios se vean beneficiados, precisamente, de esos rasgos diferenciales. Otros serán peores, sí, pero el buscar las ventajas y explotarlas los hará diferentes y compensará lo negativo con lo positivo.

Por supuesto, los presupuestos desorbitados que se manejan en la producción de software no pueden trasladarse a la edición de libros; no al menos tal y como la entendemos hoy. Por otro lado, hoy en día los costes de programación en plataformas como iOS (iPhone, iPad), Android y similares son muy reducidos y en sus tiendas digitales es fácil encontrar buenas aplicaciones de todo tipo a precios muy razonables, hechos por no demasiadas personas, fortaleciendo el sector independiente e incluso el individual.

Volvamos, entonces, al libro digital. Hay varios formatos electrónicos (mobi, ePub, etc.), y no todos los lectores son compatibles con ellos. Por ejemplo, un Kindle de Amazon no es capaz de permitirnos leer un ePub con DRM de Adobe. Es cierto que hay una intencionalidad comercial en este movimiento para potenciar la venta de libros desde la tienda de Amazon, pero también es cierto que sí lee perfectamente archivos en formato mobi, por lo que esa es una buena solución para editoriales que quieren vender sus libros desde otras tiendas o ellas de manera directa. Un buen ejemplo lo tenemos en Fórcola. En su propia tienda digital venden el libro en formato impreso, y en dos versiones digitales: ePub y mobi (y, con lógica y tino, en formato electrónico el precio es menor). Con eso se cubre la totalidad de lectores del mercado.

Sin embargo, el libro electrónico no deja de ser en la inmensa mayoría de las ocasiones una traslación directa del manuscrito. No se nutre de contenido multimedia, no aprovecha la conexión a la red, y su grado hipertextual no es muy elevado (el índice, y ni siquiera siempre -aunque esto es culpa de la maquetación que hace la editorial-, y las notas, cuando las hay, por su funcionamiento). Es cierto que el lector electrónico nos puede permitir, según sus funciones, tomar notas, subrayar fragmentos, tuitear pasajes que nos interesen, e incluso apostar por una lectura colectivizada; pero es una capa adicional que añade el lector, no una función nativa del libro digital.

Zona de trabajo de iBooks Author
Zona de trabajo de iBooks Author

Por otro lado, hay soportes que sí han dado pie a una integración de contenidos muchos más complejos. Cuando tratamos en este blog la cuestión de iBooks Author pusimos dos buenos ejemplos que se pueden encontrar en la App Store para iPad: Our Choice, de Al Gore, y una edición muy completa de The Waste Land, de T. S. Eliot. Recomendamos ver los vídeos que publicamos entonces para comprender qué tipo de contenidos se pueden integrar en un libro digital.

Esas producciones para iPad son específicas para la plataforma: aprovechan la pantalla a color, la reproducción de vídeo y audio, la interacción mediante interfaz táctil… aportan un valor añadido que es solo probable en ese dispositivo y otros similares, pero desde luego no entran en el terreno de lo que nos llevaría a establecer un estándar del libro electrónico, en la medida en que este se concibe desde su creación como ese traspaso -ya lo decíamos antes- de la hoja a la pantalla, y no en la concepción nativa de una nueva pantalla. Esto dificulta la creación de esas otras cosas que forzarían la frontera de qué es un libro.

¿Implica eso que los títulos citados son posibles solo en iPad? Ni mucho menos. Our Choice se vende impreso y como audiolibro, por lo que es evidente que su traslación a un lector electrónico “simple” no daría problemas. En cuanto a The Waste Land, el texto nació -evidentemente- en papel, y aunque algunos contenidos específicos (como un cortometraje) no podrían estar en la hoja impresa ni en la pantalla de tinta electrónica de un lector (al menos, no hoy en día), irónicamente no es tan extraño comprar un libro y que venga acompañado de un CD o un DVD, donde sí podrían estar esos contenidos para ser reproducidos en un ordenador, por ejemplo.

Cada plataforma, por tanto, tendría unas ventajas concretas. Desde la materialidad de la hoja impresa hasta el esplendor de los contenidos interactivos del iPad, pasando por lo liviano del lector electrónico, por destacar tres puntos que sus defensores tienen muy en cuenta en cada uno de esos soportes.

Tenemos claro que si viene impreso (y preferiblemente encuadernado) es un libro; si se lee en un lector electrónico (aunque ya no hay paginación y nos remite, si queremos, al rollo de papiro) es un libro; ¿y si es una experiencia lectora tan multimedia como la de Our Choice? O incluso más, pues en narrativa digital tenemos lecturas hipermedia que no son trasladables al libro, ni al lector electrónico, pero sí son un libro en la medida en que son una lectura: nos cuentan una historia, leemos un texto, exploramos unos personajes, y hay un acto de lectura, por supuesto. No pueden funcionar en el papel y no pueden funcionar en la tinta electrónica, pero sí en el ordenador o en la tableta.

¿Esa incompatibilidad delimita entonces que esas narraciones ya no son un libro? Entonces podemos hacer el ejercicio sofista de preguntarnos si una lectura en libro electrónico que no esté en formato impreso y cuyo DRM no nos permita extraerlo e imprimirlo sigue siendo también un libro. O preguntarnos si una blogonovela es solo libro cuando la editorial lo maqueta en hojas, elimina los comentarios, y lo encuaderna todo.

El libro, como objeto material, se ha definido perfectamente durante los siglos de existencia en los que ha convivido con nosotros; en este sentido, las preguntas del anterior párrafo tienen una respuesta sencilla y contundente, posiblemente monosilábica. Como objeto digital, tiene una frontera difusa que apenas estamos forzando para construir experiencias de lectura que sean capaces de aprovechar la plataforma en la que lo leemos más allá de la pantalla del ordenador.

En el mundo del libro digital, este se mantiene férreamente ligado a su contrapartida material, tradicional. Es un acuerdo de mínimos cómodo que, sin embargo, nos impide nutrirnos de propuestas arriesgadas que nos lleven a plantearnos si estamos cruzando entre lo libresco y lo hipermedia, pues el experimentalismo digital (y podría debatirse si todo lo digital es per se experimental) sigue atrapado en buena medida en la web. No podemos culparles: el formato web es flexible, no está restringido por intermediarios (si queremos), y puede llegar a mucho público. Pero en algún momento querremos llevar lo que ahora es experimental a lo comercial y ahora mismo el dispositivo tecnológico por excelencia -se supone- para la lectura es casi tan incapaz de hacerlo como una hoja de papel.

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