DRM contra los libros de texto

Desde que Apple mostró iBooks Author y su idea de llevar ese libro expandido al entorno escolar mediante iPad la gente -que hasta entonces ni se lo había planteado- puso el grito en el cielo porque eso podía implicar que los libros de texto ya no pasarían entre hermanos. La queja era bastante razonada (pero da un poco de pena que no se les hubiera encendido la bombilla antes, porque el DRM lleva algunos años entre nosotros). De hecho, yo encuentro bastante preocupante ya de base -a nivel nacional- los golpes de timón siempre a la deriva que da gobierno tras otro en Educación y cómo, además, las editoriales se esfuerzan tremendamente en renovar unos materiales que no se refrescan en nada por dentro para hacer casi obligatoria la compra de libros nuevos dificultando que se usen unos que apenas tienen unos añitos a sus espaldas. Y, francamente, no creo que las Matemáticas de secundaria cambien tanto sus contenidos; o la Historia, o la Lengua… o cualquier cosa, vamos.

LibrosConseguir controlar ese mercado a través de la tecnología es incluso más restrictivo y terrible, y las editoriales ya han empezado a ponerse en ello y encima cuentan con el beneplácito de gente que no tiene precisamente ningún atisbo de ideal en su cabeza. Estoy pensando en Joseph Henry Vogel que ha sido el responsable de registrar una patente para impedir que los estudiantes puedan prestarse e incluso revender libros. Pero claro: Vogel no es un educador, sino un profesor de Económicas, así que ya sabemos que la difusión del conocimiento, la investigación y la educación no entran en ningún momento en sus prioridades ni intereses.

Además, debo decir que me encantan sus declaraciones sobre las motivaciones para este sistema que ha creado, un discurso asimilado directamente desde las más rancias entidades de gestión de derechos de autor. Solo que estas en ocasiones tienen la decencia de saber distinguir entre lo que es claramente un uso legítimo de la copia y lo que no. En España no.

Dice Vogel que “professors are increasingly turning a blind eye when students appear in class with photocopied pages. Others facilitate piracy by placing texts in the library reserve where they can be photocopied”, así que habrá que suponer que este buen hombre se compró todos los libros que necesitó mientras estudiaba y que, además, tuvo la suerte de hacerlo en centros de estudios con enormes bibliotecas de amplios horarios y múltiples copias de los ejemplares más solicitados. Es probable: en el mundo hay un buen puñado de gente que no tiene problemas de dinero y que estudia en lugares idílicos. Parece que creen que todo el mundo nace con su misma suerte o deben pensar que si no es así, que les den (al fin y al cabo, el neoliberalismo es un ideario tan legítimo como cualquier otro, incluso cuando no se molesta en disimular lo descerebrado del planteamiento).

Con su sistema, lo que Vogel quiere es que ese sistema de dejarse un libro, heredarlo, o comprarlo de segunda mano a un estudiante que ya no lo necesita se destierre por completo (o pague una tasa, como en el pase en línea de los videojuegos) porque, claro, eso es lo que está destruyendo a la industria editorial. No el hecho de que los libros científicos y educativos estén controlados por grandes editoriales que no tienen ningún problema económico real y que aplican sistemas de precios abusivos que hacen que hasta Harvard se queje. El gran mal del sistema editorial está en los estudiantes, en los que necesitan fotocopiarse un libro porque no lo pueden pagar o, simplemente, porque ya está completamente descatalogado, o en un hermano que usa el libro de su hermano mayor.

El mundo, a veces, está lleno de locos. Este, en concreto, cree que el progreso académico se beneficia de editoriales más ricas y poderosas, con posiciones de poder todavía más establecidas. Más bien es lo contrario: la academia se beneficiará de la difusión libre y abierta del conocimiento y la ciencia (y esto, no nos confundamos, no es incompatible con una industria editorial: es totalmente compatible con un mínimo de inteligencia, ética y sentido común). Una industria es posible, deseable y muy necesaria: una posición de abuso es intolerable.

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