De la aplicación-plagio al ebook-plagio

No, no voy a hablar de ninguno de los escritores y escritoras (y hago la distinción con toda la mala leche del mundo, no con afán de seguir criterios contra el falso sexismo del lenguaje), sino de uno de los peligros que pueden derivarse en el sector de la edición y autoedición de libros digitales como ya ha pasado en las tiendas de aplicaciones digitales.

Aplicaciones 'falsas'
'Copias' retiradas de la App Store

En el fondo, no creo que esto vaya a suceder en el ámbito editorial, de la misma manera que hay cada vez más opciones de venta directa de música sin pasar necesariamente por las grandes compañías de producción y distribución y en ese sector no ha pasado. Por otro lado, lo cierto es que se ha dado en la industria de entretenimiento que más dinero mueve en el mundo: los videojuegos.

Se trata de la multitud de aplicaciones que podemos encontrar regularmente en los repositorios digitales, como la App Store –han hecho algo de limpieza-, que buscan captar la atención del consumidor que está buscando otra o, incluso, aprovecharse para que el despistado compre su aplicación y no la que está buscando en realidad. Esto se consigue de maneras lógicas y obvias: utilizando iconos y nombres similares, por ejemplo. Así, un usuario que está buscando un videojuego quizás acabe comprando una colección de trucos para el mismo en vez de ese título con el que esperaba pasar su tiempo libre.

Para muchos de nosotros eso es una situación absurda e improbable, pero también lo sería caer en las manos de cualquier tipo de phishing (como un correo enviado supuestamente de nuestro banco pidiéndonos la contraseña, DNI, y partida de nacimiento) y, sin embargo, miles de personas son víctimas de esas y otras estafas digitales.

Tweetbot
Tweetbot, una exitosa aplicación de Tapbot (iPhone y iPad) y otra 'muy similar' en nombre y descripción

En cualquier caso, en el sector de las tiendas digitales lo que se persigue está mucho más cerca del anuncio que quiere venderte la caja de un televisor en alta definición… en vez del televisor. La descripción suele ser más que suficiente para saber qué se está comprando, pero aquí entra en juego otro importante factor: muchas veces están solo en inglés y en ocasiones, además, son deliberadamente oscuras y poco claras.

Esto ha sido posible de manera mucho más generalizada en los últimos años debido al sistema de autoedición de las tiendas de aplicaciones digitales y porque sus responsables a la hora de aceptar qué se publica en ellas no presta atención a estos elementos con el mismo celo que a otros. Del mismo modo, afecta especialmente a creadores independientes que no tienen la misma capacidad de lanzar a sus perros de presa (léase, abogados) para defender sus derechos sobre sus propias marcas registradas. Igualmente, hay ocasiones en las que también vemos cómo se copia el propio concepto con mucho descaro.

El mundo editorial no es ajeno a las demandas por plagio. Tampoco es ajeno a plumas que han plagiado con alevosía en repetidas ocasiones y, por alguna extraña razón, siguen contando con el beneplácito de alguna editorial. Y desde luego nadie en ese mundo se sorprende al saber que un libro ha sido plagiado pero no poder demostrarlo. Viene a ser muy parecido, en realidad, a lo que sucede en el mundo académico.

Un escritor que se lance a autoeditarse y autopublicar su obra gracias a los canales directos que abre el mundo del ebook, como la política de venta directa a la que se puede acceder tanto desde Amazon como desde la Apple, estará muy expuesto a ese mismo de situaciones. Incluso podemos imaginar un mundo donde las grandes empresas no busquen aprovechar la situación y suponer que son otros independientes los que aplican las mismas estrategias que hemos visto en videojuegos para intentar aprovechar el tirón de algún éxito en concreto.

Estamos pensando en portadas muy similares, en nombres casi idénticos, en sinopsis de la obra que recuerden a la de éxito… en todos los recursos que hagan posible que a la hora de que el potencial comprador incauto intente buscar el catálogo digital de las diferentes tiendas y se encuentre con varias de estas imitaciones o cualquier otro tipo de producto vinculado dentro del formato del libro digital. No se trata de la natural corriente de sumarse al estilo que está captando público en ese momento (por ejemplo, como si alguien empezara a escribir novelas sobre mensajes secretos escondidos en obras de arte, o aprendices de mago, o vampiros sentimentaloides), o productos derivativos (como guías y claves para comprender esos libros tan complejos -disculpen el sarcasmo- que ya han triunfado en el mercado, de hecho). Pero, ¿y si en vez de eso los catálogos digitales se trufan de listas de la compra con un título tipo Un mundo sin final?

Hay que tener en cuenta que en ese tipo de engaños, tanto en tiendas digitales como -al fin y al cabo- páginas web de subastas o de anuncios por palabras, se escudan habitualmente en que en la descripción se especificaba lo que en realidad se estaba vendiendo. En su defensa hay que decir que así suele ser. Cuando esto suceda -si sucede- a la gran novela de una gran editorial, estoy seguro de que los burofaxes se encargarán de imponer el criterio de la empresa que busca proteger sus intereses comerciales, pero el escritor independiente -figura que está siendo cada vez más natural- y la pequeña editorial podría tener serios problemas a la hora de defender su posición.

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