La cuestión terminológica

Una filóloga de -sin duda- notable trayectoria me comentó que “la cuestión terminológica” no le parecía de relevancia. Dijo que no tenía importancia cómo se llamaran las cosas. La Ciencia no debe admitir sinónimos ni espacios para lo difuso o conceptualmente inconcreto: el lenguaje debe emplearse para referirse de la manera más precisa posible a los referentes.

La Ciencia debe perseguir el ideal de ser unívoca en su expresión y, por tanto, la cuestión terminológica sí es importante y la Filología, como una de las disciplinas que se encuentra en la encrucijada recurrente de las Humanidades, debería prestar mucha más atención, en consecuencia, a este aspecto.

No es solo que la disciplina tenga en el lenguaje una de sus claves de estudio, es que como disciplina seria no puede sustentarse en el uso inconcreto e indeterminado de palabras que los propios estudiosos usan de manera indiscriminada, sin atender a cuestiones tan esenciales como si representan realmente el concepto que se persigue. Cuando no se basan, precisamente, en la sinonimia para construir escudos que permitan justificar todas las inexactitudes de los esfuerzos teóricos desarrollados sobre pilares tan débiles.

En las Humanidades Digitales esto es mucho más palpable porque es un campo de estudio que está todavía en construcción. Dicho de otra manera, su tradición se está formando ahora, y crear fisuras en ella por cuestiones tan evitables como la imprecisión, la escasa reflexión y la ausencia de espíritu crítico, muchas veces nacida de falsos profetas y otra, simplemente, de la escasa atención a lo que realmente se está haciendo.

Debe haber un esfuerzo terminológico en todo campo de estudio. No puede despreciarse ni dejarse de lado, porque es ampararse en lo indefinido, en la falacia. Y eso no es investigación y, desde luego, no es ningún tipo de ciencia.

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