La (anti)publicidad

Como hemos comentado en otras entradas de Alfabeto Líquido, la publicidad es un ente difuso en el cual los límites entre qué es y qué creemos, o más bien percibimos que es, pueden ser difícil de acotar. Esto es debido en gran medida a que en cada texto publicitario asistimos a un conglomerado de informaciones muy heterogéneo. Gracias a eso podemos decir que  los mensajes de las mercancías, como decía el gran Sánchez Corral, tienen una magia especial que condiciona la recepción y que genera situaciones tan curiosas como que a veces los festivales de publicidad generan una enorme expectativa y sujetos de diferente condición y background cultural llegan a pagar por ver los mejores anuncios de la temporada.

micolor

¿Recordáis cómo odiábamos de pequeños cuando ponían los anuncios en la tele y nos cortaban la emisión de nuestro programa favorito, bombardeándonos con Nocilla, los payasos de Micolor o atropellándonos con el pitido del tren de Wipp Expres? Y ahora resulta que a veces son lo mejor de la televisión. Oh tempora o mores!.

Más allá de este ejercicio de nostalgia televisiva hoy quería comentar de nuevo acerca de las mil caras de la publicidad, concretamente sobre lo maleable que esta puede llegar ser y cómo el equilibrio entre lo que se quiere contar y lo que al final se cuenta puede ser susceptible de cambios inesperados.

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Un buen ejemplo de este juego lo tenemos en este reportaje que he ojeado en El País MODA de esta semana, de la periodista Nuria Luis. Me ha llamado la atención porque, pese a que no es ni mucho menos un fenómeno nuevo, sí que me parece representativo al tener lugar dentro de la propia industria de la publicidad. Se trata, como se puede ver, de un publirreportaje en el que se nos habla de modelos y celebrities que se dedican a usar marcas falsas que se basan en marcas reales.

Wipp Expres, ese pitidoEs interesante porque el juego se basa en la imagen de marca y en la imagen corporativa de las casas que se anuncian, presentando de forma latente un programa narrativo que sirve de alimento para crear en ocasiones parodias y otras veces críticas despiadadas repletas de ironía.

Son ya clásicos conocidos algunos de los ejemplos que nos dan los mercadillos y rastros de los domingos y algunas camisetas diseñadas con mucho sentido del humor. Productos cuyos envases se parecen sospechosamente, logotipos retocados sin pudor y marcas de deporte que se autodenominan Fuma. Todo esto, que tiene una parte de humor, también se basa en supuestos semánticos de una cierta sofisticación, por supuesto, y aprovecha que alrededor de las marcas hay todo un abanico de mensajes latentes que pueden ir en varias direcciones, tanto para loar, como para ridiculizar e incluso hacer alguna crítica constructiva, aunque sea sin pensarlo demasiado.

 

 

 

 

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