Reseña: Literatura con paradiña: hacia una crítica de la razón crítica, de Javier García Rodríguez

Santiago López Díaz (Universidad de Oviedo)

García Rodríguez, Javier. Literatura con paradiña: hacia una crítica de la razón crítica. Delirio. 2017. 150 págs. 11,00€

La paradiña es una ficción que se da en un contexto determinado, en un pacto concreto, y como tal, se nutre de la aceptabilidad de una serie de condiciones por parte de los participantes en el espectáculo —agon, si se quiere—, un espectáculo que funciona con unas reglas preestablecidas aunque no por ello menos arbitrarias. La decisión de privar al delantero de la posibilidad de llevar su engaño al límite, de controlar los límites de su ficción, de mutilar la creatividad del proceso imaginativo, […] pretende llevarle a considerar que la parte lúdica, creativa, poética si se quiere, es impertinente. (2017: 10-11)

Javier García Rodríguez es profesor universitario, crítico, poeta, narrador y agitador cultural. Su reciente Literatura con paradiña da buena cuenta de lo último. El libro recopila textos que se resisten a encajar en las categorías tradicionales, textos que buscan su lugar discursivo a través de la integración de elementos ficcionales y elementos hermenéuticos en una reflexión performativa acerca de sí mismos, de su propio carácter. Puede que sea un “ensayo asistemático” (2017: 12), pero en el sentido del latín exagium, ‘acto de pesar’; García Rodríguez prueba, reconoce el objeto literario y sus alrededores, juega con sus convenciones internas y lo funde con las convenciones críticas que operan en torno a él. Ensaya una “metaficción de la crítica o metacrítica de la ficción” (13), que problematiza la hermenéutica contemporánea, los estudios culturales y hasta las reglas de la FIFA. Su gesto nos fuerza a leer tras él, tras sus lecturas de Said, de Foster Wallace, de Foucault, del Surruralismo, de un prospecto, “de Mary Poppins, de Chiquito de la Calzada, del Yoyas” (p. 39). Ante la avalancha de samples, más le vale al lector —como al portero— no quedarse parado.

El libro incluye cinco trabajos con características formales muy diversas entre sí: i) Mutatis Mutandis, ii) “Lyrica® (patología y tratamiento)”, iii) “Narratología para dummies (crítica de la razón ficcional)”, iv) “Cultura del post y sociedad Thermomix™: géneros literarios y consumo” y v) “Contra Aristóteles vivíamos mejor”. Las referencias cruzadas abundan (de Mutatis a “Contra Aristóteles”; de “Narratología para dummies” a Qué ves en la noche) y el orden no es casual: la fragmentación irónica, que a un tiempo teoriza y practica (ensaya) el objeto literario, va dando paso —no linealmente— a un discurso más ensayístico. En conjunto, el bloque cuestiona la dicotomía entre ficción y crítica (García Rodríguez llega a hablar de criticaficción, a guion elidido) y el propio estatuto epistemológico de la segunda, ya que todos los subtextos sostienen el discurso teórico “sobre la indistinción genérica entre este y el discurso de «la ficción»” (12).

Vayamos por partes. Todo empieza con la novela breve Mutatis Mutandis, que ocupa más de un tercio del volumen. Publicada previamente por separado, la narración se justifica mediante la técnica del manuscrito encontrado: la viuda de un medievalista anclado en la filología de finales del ochocientos (sospechosamente fallecido el mismo día que David Foster Wallace) encuentra unos escritos en los que su marido trataba de acercarse al Afterpop. García Rodríguez se pone a hacer literatura mutante contra la literatura mutante, imbricando el discurso literario con el metaliterario: los tópicos de la tradición (la nostalgia en la novela intercalada Los días grises, el costumbrismo típico de la novela de campus…) negocian con la autoficción, la literatura de blog, los ciborgs y el overflooding de referencias híbridas a distintos registros culturales. Las instancias narrativas chocan, se renuncia a la interpretación, y el artefacto literario es empujado desde dentro hacia la frontera con la crítica; se vuelve “accesorio […] e impertinente establecer la distinción entre realidad y ficción” (43).

Por su parte, “Lyrica® (patología y tratamiento)” consiste en la reproducción casi literal del prospecto de Lyrica, un medicamento para el dolor neuropático y el trastorno de ansiedad generalizada. García Rodríguez se apropia de él y propone “un ejercicio de analogía y de interpretación “oblicua” y, por qué no, lúdica. [Que se] lea Lírica allí donde ponga Lyrica” (81). En el marco de lectura activado por el libro, los efectos y las indicaciones de uso del fármaco se resemantizan y pasan a conformar una teoría de la lírica y de la recepción sui generis. Mediante la explotación del montaje (en el sentido de Walter Benjamin) se huye de la concepción totalizante de la significación: es el lector el que tiene que proyectar sentido(s) en los puntos de indeterminación que el texto deja; “la forma es [la] manera de abrir el texto a mayores densidades simbólicas y semánticas” (p. 38).

“Narratología para dummies” amaga la composición de un diccionario narratológico a partir del mismo recurso, el encuadre novedoso de “recortes” textuales de diferente naturaleza y procedencia. Entre citas de Wallace y reseñas de Vonnegut se nos presentan diálogos, fragmentos dominados por una voz autodiegética que parece autoficcional, reflexiones de un James Gandolfini estructuralista o ucronías trasnochadas de Amanece, que no es poco. Ninguno de los fragmentos es introducido o contextualizado: el autor implícito sólo se deja ver en las costuras de un texto de textos introducido en otro texto de textos; la sintaxis “fractal” constituye el único punto de agarre que le queda al lector para llegar a los mecanismos del lenguaje literario desde el artefacto literario.

A partir del siguiente texto, “Cultura del post y sociedad Thermomix™â€, García Rodríguez el profesor de universidad (?), toma las riendas del discurso y expone las formulaciones explícitas de la crítica que se venían haciendo desde dentro de la ficción, performativamente. Reflexiona acerca de la situación de la lírica (y de los líricos) en el siglo xxi: la integración del autor en el espacio común, la poesía como producto de consumo en los tiempos de la fast food, los blogs, la cultura de la queja. El autor no está muerto, se ha performativizado. Ha comenzado a instrumentalizar la propia figura en un contexto saturado de símbolos por los medios de comunicación masiva, en el que el bullying cultural es la norma, como apuntaba el viejo catedrático de Mutatis Mutandis.

 

Porque no se puede escribir tanto ni sobre tantos temas. No se puede estar al día sobre tantos músicos, artistas, spoken-worders, videoinstaladores, blogueros, poetas, performanceros, fanzinerosos. Hablan de autores que nadie conoce, escuchan música que no existe, ritmos ignotos, promocionando una especie de bullying artístico hacia todos aquellos que no están en la onda (y me imagino que decir «estar en la onda» es «no estar en la onda». (55)

En la sociedad líquida los escritores están en Twitter, y los compartimentos culturales son cada vez menos estancos, hay tanta construcción ficcional en la propia crítica como en su objeto de estudio (y tanta crítica en el artefacto literario…). La red es inescapable y ágil, y en ella los escritores periféricos tejen ardides hacia lo institucional. Surgen nichos de retorno al compromiso expreso, aunque sea a través de símbolos artificiales, y se enriquece la interactividad con el lectoespectador, cuyo rol casi ha llegado a ser más importante que el del productor del texto. Construyendo sobre aquello que se dejaba intuir en el zapping de “narratología para dummies”, García Rodríguez propone un ars poetica de la era digital y acota las dinámicas de intervención de una poesía “donde se aprende a vivir en las afueras” (120), “donde todo es pragmático y programático, como en la nueva ágora de la existencia virtual” (124).

Cierra el volumen “Contra Aristóteles vivíamos mejor”, una apología de la Escuela de Chicago, cuyo “formalismo humanista de base neoaristotélica en lo teórico y de ambiciones pluralistas en lo crítico” (127) se opone a la apertura hacia otras dinámicas culturales de Foucault, de Eagleton, de Said. Aunque sea el texto más claramente teórico de todos los que componen el libro, García Rodríguez reflexiona acerca de las dinámicas —económicas, ideológicas, epistemológicas— que nos han llevado del signo literario al signo cultural a través del subgénero de las novelas de campus. Hablando de las “fricciones académicas” desde su representación ficcional, transita una vez más la frontera, aunque esta vez de un modo más recatado.

Tras finalizar el libro no cabe duda de que su gran logro consiste en la exploración de las posibilidades hermenéuticas del texto literario. Desde dentro hacia fuera y desde fuera hacia dentro, el profesor vallisoletano es capaz de pergeñar los sutiles mecanismos de la creación ficcional. El texto exige bastante de un lector que desde el principio se ve obligado a aceptar convenciones textuales inestables, a coordinar referencias periféricas y canónicas, a jugar en niveles hermenéuticos poco cómodos; pero su estilo, irónico y agudo -“rostros pálidos de tanta metáfora indoor” (99)-, dinamiza la lectura y se revela como elemento unificador de la ecléctica empresa que constituye la Literatura con paradiña.

Javier García Rodríguez, escritor y crítico con trayectoria, se encuentra en una posición privilegiada para entender la intersección entre la teoría de la literatura y la producción literaria. No nos debe extrañar que apunte hacia la crítica de la razón crítica y no yerre. Gol.

Caracteres vol.7 n1

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Caracteres. Estudios culturales y críticos de la esfera digital | ISSN: 2254-4496 | Salamanca