Reseña: El futuro era esto. Crisis y rematerialización de la modernidad, de José Martínez Rubio

Raúl Molina Gil (Universitat de València)

Martínez Rubio, José. El futuro era esto. Crisis y rematerialización de la modernidad. Éditions Orbis Tertius. 2014. 152 pág. 12,90€

I

Contaba Gilles Deleuze (1993: 39) que Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, de su calle, de su barrio, gracias a una tarjeta electrónica individual que abría tal o cual barrera, pero que podía no ser aceptada cualquier día o entre determinadas horas. Así, lo que importa no es la barrera (lo material y visible), sino el ordenador que señala la posición de cada uno (lo no material que, además, permanece oculto). Esta supremacía de la virtualidad, también descrita por el Baudrillard de Cultura y simulacro (1978) o de La guerra del golfo no ha tenido lugar (1991), parece ser fundamental en las globalizadas sociedades actuales.

II

En el presente, no parece posible negar esta (supuesta) evidencia de lo invisible. O quizás sí. Veamos. Martínez Rubio parte de una noticia real aparecida en prensa: en una redada contra el crimen organizado, la policía británica detuvo a un hombre acusado de fabricar su propia pólvora. La sorpresa, sin embargo, fue que la pistola que manejaba había sido construida con una impresora 3D, mediante plásticos capaces de dar forma a objetos sólidos. No es una trivialidad: pensemos en todas las implicaciones legales, económicas, industriales y morales que conlleva la posibilidad de crear armas de fuego con tan solo descargar un archivo de Internet, de la misma forma que ustedes pueden imprimir esta reseña en sus casas. Un tanto perdida entre centenares de noticias, “estaba anunciando en realidad el advenimiento de una nueva etapa en la Modernidad” (12):

Más conscientemente o menos (probablemente menos), trasladar el foco de interés hacia ese nuevo delito comienza a definir el cambio de paradigma cultural que viene anunciándose desde los estertores de la llamada Posmodernidad. La Posmodernidad no ha muerto, porque nunca vivió; la Posmodernidad, entendida como una nueva época superadora de la Modernidad, era una trampa. Si hubo una nueva época, fue dentro precisamente de la Modernidad. (12)

Pero no, no creamos que El futuro era esto es otro (maldito) ensayo sobre la posmodernidad. Martínez Rubio no sólo crítica el pensamiento posmoderno, sino que plantea el inicio de una nueva etapa, la Rematerialización, un nuevo paradigma dentro del proceso global de la Modernidad, la cual “fue capaz de fingir su propia desaparición para reencarnarse, rematerializarse e iniciar un nuevo ciclo, tan prometedor como convulso” (12). He aquí la idea central. Arriesgada, sí, por negar precisamente la (supuesta) evidencia de lo invisible. Pero es justo esta voluntad de transitar el filo (de querer señalar lo oculto) lo que la hace valiosa.

III

“El futuro, si existió alguna vez, era esto” (21). En La condición posmoderna: informe sobre el saber (1984), Lyotard identificó uno de los axiomas fundamentales y fundacionales de la Posmodernidad: el fin de los metarrelatos explicativos de la Modernidad. Esta teórica defunción posibilitó o, mejor, facilitó que en los años sesenta y setenta surgieran pequeños relatos o movimientos contraculturales, pronto convertidos en teorías filosóficas significativas, que han pensado (in)determinadas parcelas del mundo: relatos feministas, ecologistas, poscolonialistas, homosexuales, animalistas, etc. Unas décadas después, Francis Fukuyama (1992) decretó el final de la historia y de la democracia como punto de llegada, abocándonos apocalípticamente a un eterno presente “que se instauró como el tiempo absoluto de las sociedades posindustriales, considerando inútil, e inverosímil, e incluso peligrosa, la proyección de sistemas alternativos” (22). Pero al contrario de lo que pudiera parecer a primera vista, Fukuyama y otros muchos no estaban decapitando definitivamente las alternativas. Más bien las estaban ocultando (lingüísticamente, claro). La falacia de la Posmodernidad, según la cual habitamos un mundo sin metarrelatos donde sólo son posibles pequeños discursos que expliquen algunas porciones (también pequeñas) del pastel, era (y quizás lo sigue siendo) un complejo juego de lenguajes superpuestos cuyo sometimiento duró (o quizás todavía dure) hasta que los propios signos dejaron de difuminar las fronteras del conflicto (o puede que nunca hayan dejado de hacerlo, sólo que ahora conocemos con más acierto el funcionamiento de la mentira). La prueba fehaciente de que todavía existen los grandes relatos, idea que late en el discurso de Martínez Rubi, es que en 2015 todavía se mata (o se deja morir que, al fin y al cabo, es lo mismo) en nombre de dios (cada uno del suyo) y del capitalismo (o del progreso, que también es como un dios) e incluso se mira con una mezcla de estupor y miedo a los gobiernos de los países que se declaran habitantes de los márgenes del sistema (Cuba, China, Corea del Norte, etc.). Es innegable que estas formas de actuación tienen muy poco de virtualidad Posmoderna; que se lo pregunten a los Iraquíes, al soldado Manning, a los presos de Guantánamo, a los enfermos de Hepatitis C en España o a los centenares de cadáveres sumergidos frente a las costas de Sicilia.

IV

Walter Benjamin (1975: 119) decía que la cuestión central no es qué relación guarda una producto (cultural, material, etc.) respecto a sus condiciones de producción, es decir, si está en línea con ellas o si aspira a transformarlas y en qué sentido quiere hacerlo, sino que la clave es preguntar cómo está en ellas. Y precisamente es la clave porque dirige la mirada de la superestructura a la infraestructura. Cuando Martínez Rubio aborda las relaciones de producción afirma que “La economía pasó de planificarse desde lo real y desde lo material a planificarse desde su imagen, su valoración en el mercado y su estimación de venta y consumo. La imagen venció a la realidad” (27). La modernidad líquida de Bauman (2007) acaba(ba) con la solidez marxista. La identidad se difumina(ba) en el aire y con ella las redes colectivas. Y demasiados revolucionarios y utópicos luchadores se agita(ba)n en sus tumbas…

La economía se ha virtualizado (o ha sido virtualizada), dice el autor, y el capital financiero domina sobre el capital real, lo cual incide con una fuerza devastadora sobre la economía real y las rentas del trabajo (34): Argentina, diciembre de 2001, las preferentes de Bankia o la burbuja inmobiliaria, son sólo tres islas en el archipiélago de la especulación financiera.

En el ámbito de la cultura, la eclosión de lo virtual ha traído aparejado un abaratamiento de muchos productos. El espíritu low cost, extendido a las películas, la música o los libros, genera(ba) un problema: “La cultura low cost en un extremo, la venta, implicaba el low cost del otro extremo, la producción, de modo que los salarios, la calidad o la fiabilidad de tales productos, por ejemplo, sufría un proceso de precarización para mantener la alegría de lo barato” (38). Como caso extremo, Megaupload. “La abstracción era prácticamente total: se compartían archivos, se eliminaba al propietario de la mercancía y los ingresos se obtenían indirectamente. Nada quedaba ya ligado al valor real del producto final: el vídeo” (38).

Pero, (¡ay!), ese crimen perfecto del que hablaba Baudrillard estaba agrietado y más parecía ser ferpecto, aprovechando el título de la hilarante comedia de Álex de la Iglesia. Con Badiou, afirma Martínez Rubio: “Ante la confusión de copia y original, ante la amenaza de lo invisible y de lo inmaterial, había surgido cierta necesidad de lo real” (43). Los síntomas de la pasión de lo real (Badiou, 2005) se dejan ver desde el Zizek de Bienvenidos al desierto de lo real (2005), hasta el porno amateur, pasando por los realities televisivos, por las películas en HD y 3D, por la proliferación de conciertos, de encuentros con escritores y de ediciones de diseño o por la necesaria reconstrucción material del mercado de consumo a partir de relaciones económicas sólidas. Todo ello: rematerialización:

Cada una de las etapas [de la Modernidad] ha suplantado al elemento esencial de la anterior: materialidad –virtualidad– rematerialización. Sin embargo, no podemos entender esta vuelta a la materialidad como un regreso al pasado: la lucha de clases será distinta, pero será; la dialéctica nacional o nacionalista será distinta, pero será también; la élite cultural no se corresponderá necesariamente con la aristocracia política, a imitación de la vieja aristocracia del XVIII a lo Chateaubriand o Lord Byron, aunque sí puede mantener un estrecho vínculo con la oligarquía económica mundial. En cualquier caso, estamos abocados a continuar con el proceso de Modernidad. La Posmodernidad no sólo fue una etapa más de este cambio global, sino un espejismo de su misma muerte, que contribuyó a reordenar o afianzar la hegemonía neoliberal en el mundo. (45-46)

Estos tres puntos centran la atención de Martínez Rubio en los siguientes apartados: lucha de clases (vinculada a la desafección política), élite cultural (a partir de una reseña de su puño y letra sobre La civilización del espectáculo, de Vargas Llosa) y nacionalismos (Cataluña, América Latina y los Balcanes).

V

Alrededor de dos artículos escritos por el propio Martínez Rubio en el diario El País (“El partido no explica el mundo” y “También era política”), el autor desarrolla una reinterpretación de los hechos del 15-M a partir del concepto de rematerialización. El 15-M surge de la desafección política como “resultado de una progresiva externalización de las funciones de ciudadanía que ya Bauman detectara en su liquidez intelectual” (59) y reclama nuevas formas de actuación a los dirigentes bajo lemas como “Lo llaman democracia y no lo es” o “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Volverá la política, sí, asegura Martínez Rubio, pero ya no será la misma política representativa, anodina, sucursalista y corporativista. Será, más bien, rematerializada (65):

Será una política particularizada en sujetos concretos, con rostros e identidades fuertes, que sostengan un discurso a nivel individual con el que se pueda identificar la ciudadanía a nivel general […] el punto neurálgico será el que gire en torno al discurso que sea capaz de captar toda esa voluntad de identificación con la política (bajo el desapego ciudadano subyace una llamada en espera), porque será en este punto donde podrán florecer y tener éxito las opciones suicidas, los populismos y las ideologías fanáticas y excluyentes. (65)

VI

Desde el siguiente apartado, “Neoliberalismo über alles: el reclamo de una nueva élite cultural” (67) hasta “El debate sin salida: libertad e intolerancia en torno al burka”, el discurso de Martínez Rubio se entreteje con una reseña suya sobre La civilización del espectáculo, el ensayo de Vargas Llosa de título debordiano. Glosando las diferentes partes de la misma y criticando buena parte de los postulados del Nobel peruano, avanza en la reflexión desde los argumentos de la ya descrita rematerialización.

Para Vargas Llosa (2010) la Cultura (en mayúsculas) ha sido profanada por las nuevas formas masivas de comunicación en red y desprestigiada por el auge del consumo, que ha propuesto otras manifestaciones culturales efímeras y vacías (68). La solución que plantea La civilización del espectáculo es apostar por la regeneración de la “alta Cultura” por parte de una comunidad reducida de prestigiosos pensadores a quienes cuidar, proteger y agradecer en nombre de toda la sociedad (75). En ese sentido, todo acto democratizador en términos culturales supone la banalización del arte (como si Hoggart, Williams, Thompson o Hall nunca hubieran escrito una sólo línea).

En el ámbito educativo, Vargas Llosa (que no debemos olvidar que se declaró votante y simpatizante de UPyD) defiende el modelo capitalista de la excelencia con base en la rentabilidad financiera (Plan Bolonia, argumenta Martínez Rubio; modelo 3+2, podemos añadir a día de hoy: el capitalismo avanza a tal velocidad que no se deja analizar con detenimiento, tan rápido que apenas unos meses después de la publicación de El futuro era esto se pueden actualizar detalles como este). La solución del autor ante este problema es la inversa: educar en la excelencia, sí, pero no en relación a la posibilidad de acceso por parte de una élite, sino en relación a los resultados formativos. Esto es: no educar para la excelencia, sino ser excelentes a la hora de educar.

En “Juventud desde el rencor” (93-99), Martínez Rubio analiza los argumentos expuestos por el Nobel peruano para culpabilizar a la juventud de su propio vacío; en “Que piensen ellos” (101-111), señala cómo despacha con cinismo la labor de los intelectuales más comprometidos y relevantes del siglo XX; y, finalmente, en “El debate sin salida”, examina su posición con respecto a la libertad religiosa y sexual a partir del siempre conflictivo tema del burka.

No cabe duda que el pensamiento de La civilización del espectáculo es profundamente conservador e incluso reaccionario, puesto que habla desde unos presupuestos ideológicos que defienden una sociedad individualista de élites económicas que, al poseer el capital, se convierten en dueñas de ese poder informe y sin rostros del que hablaba Foucault. Por el contrario, la rematerialización predice y postula cambios otros, fundamentados en la urgencia de renovadas relaciones personales, sociales, productivas, políticas, económicas, culturales, etc.

VII

A partir del Antonio Muñoz Molina de Ventanas de Manhattan y de dos magníficos cuadros de Edward Hopper (Hotel room y Morning sun), Martínez Rubio se plantea el debate en torno a la identidad individual y nacional. La idea de una globalización, dice el autor, que diluya las identidades nacionales abocando a la ciudadanía a que sus costumbres y modos de vida sean progresivamente más uniformes y reconocibles en cualquier rincón del mundo, tiene un límite: “No es que tal proceso no exista, sino que ese proyecto posnacional no es ni constante ni eterno, y de hecho ha provocado la reacción contraria, la rematerialización de los proyectos nacionales” (131). Y esto sucede de la misma forma que ante la confusión de copia y original (Baudrillard) se desarrolla una pasión por lo real (Badiou). Por supuesto, esta vuelta a lo nacional no implica un retorno completo a estados anteriores, sino que combina elementos transnacionales y nacionalistas. América Latina, Cataluña y Escocia son, para Martínez Rubio, ejemplos de perfecta actualidad.

Estos dos nuevos estados [Cataluña y Escocia] (de llegar a declararse independientes) combinarían una política a dos niveles: la comunitaria europea […] y la particular nacional (desligada de España en el caso de Cataluña, o del Reino Unido en el caso de Escocia), es decir, no negarían el proceso de virtualización de la soberanía nacional al inscribirse en un proyecto transnacional, pero reivindicarían la vuelta a la idea de nación y a la reinserción en la historia que se había dado por muerta con Fukuyama. (136)

También es paradigmático el caso balcánico. La llamada “Yugonostalgia”, entendida como la añoranza de elementos fundamentalmente estéticos y sociales de la antigua Yugoslavia, que ha surgido en países como Croacia o Eslovenia (140), es “una manifestación más de ese intento de recuperación de una identidad, en este caso histórica, que ofrezca una especificidad plena” (140). En definitiva, melancolía como medio para enfrentarse el vacío del presente: “La rematerialización de la Modernidad no es volver al pasado, sino avanzar sobre la reactivación de los mismos conflictos que articularon la Historia de los últimos dos siglos y que parecían estancados (y no lo estaban) durante el espejismo de la Posmodernidad” (141).

VIII

Y en esas estamos. Caminando hacia nuevos estadios nunca antes transitados que aunarán lo material con lo virtual en una nueva etapa que Martínez Rubio ha denominado  rematerialización. Etapa que exige, al menos, una advertencia: “Ojalá que en este marco de redefinición cultural, de vuelta a la Modernidad consciente, no se cuele uno de los peligros que la propia Modernidad ha engendrado en tiempos de crisis: los totalitarismos. […] Debemos prepararnos, al menos, para la prevención” (143).

Bibliografía

Badiou, Alain (2005). El siglo. Buenos Aires: Siglo XXI.

Baudrillad, Jean (1978). Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós.

Baudrillard, Jean (1991). La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Barcelona: Anagrama.

Bauman, Zygmunt (2007) [2000]. Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica

Benjamin, Walter (1975). Tentativas sobre Brecth. Iluminaciones III. Madrid: Taurus.

Deleuze, Gilles (1993). “Postdata sobre las sociedades de control”. Ajoblanco 51: pp. 36-39.

Fukuyama, Francis (1992). El fin de la historia y el último hombre. Barcelona: Planeta.

Lyotard, Jean-François (1984) [1979]. La condición postmoderna: informe sobre el saber. Madrid: Cátedra.

Martínez Rubio, José (2014). El futuro era esto. Crisis y rematerialización de la Modernidad. Villeurbane: Éditions Orbis Tertius.

Vargas Llosa, Mario (2010). La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara.

Zizek, Slavoj (2005) [2002]. Bienvenidos al desierto de lo real. Madrid: Akal.

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